Fidel Castro y el Béisbol

Su recta murió hace mucho tiempo. Aún le quedan algunas curvas, que nos lanza rutinariamente. — Nicholas Burns, Vocero del Departamento de Estado de Estados Unidos

La mayoría de los fans del béisbol tienden a tomar sus ociosos pasatiempos de estadio demasiado en serio. En una reflexión momentánea, incluso el más enconado de los fanáticos debería admitir que las más significativas figuras históricas del béisbol de grandes ligas —dígase Mantle, Cobb, Barry Bonds, Walter Johnson, incluso el mismísimo Babe Ruth— son simplemente puntos de luz en una gran carpa de evento mundiales. Después de todo, 95 por ciento (tal vez más) de la población mundial tiene poco o ningún interés del todo en lo que transpira en los diamantes beisboleros norteamericanos. Babe Ruth puede perfectamente haber sido uno de los más grandes íconos de la cultura popular norteamericana, pero muy poco en cuanto a la naturaleza de los hechos mundiales habría sido alterado en el mínimo grado si el extravagante Bambino no hubiese nunca escapado de los rústicos terrenos de la Escuela St. Mary para Chicos en Baltimore.  

Este definitivamente no es el caso de la más notoria legenda del pitcheo convertido en líder revolucionario comunista. Aunque la presuntamente veloz recta de Fidel Castro (el novelista Tim Wendel sugiere en Castro’s Curveball que basaba su trabajo en un engañoso lanzamiento de rompimiento) nunca la facilitó un puesto en un roster de grandes ligas, el ex lanzador amateur que una vez probó las aguas del béisbol en un campo de tryout de los Washington Senators surgió un día, sin embargo, entre los más significativos líderes mundiales del pasado siglo.   Castro estaba destinado a exceder en duración a nueve presidentes de Estados Unidos y sobrevivir cinco décadas completas de una aciaga revolución socialista que él mismo creó en gran medida. El Líder Máximo de Cuba saludó el nuevo milenio como uno de las más queridas (en algunos sitios, mayor mente del tercer mundo) u odiadas (en otros, principalmente norteamericanos) de las carismáticas figuras políticas mundiales. Sin dudas, ningún otro ex pelotero ha pasado de manera tan dramática de los diamantes de estudiante a un rol que tan radicalmente afectó la vida y a suerte de tantos millones de personas en el Hemisferio Occidental y más allá.

Castro sigue siendo el mito de movimiento perpetuo más dominante de la segunda mitad del siglo XX, y esta afirmación es igualmente válida cuando se trata de la eterna asociación personal del líder cubano con el autoproclamado pasatiempo nacional norteamericano.   Es verdaderamente extraño encontrar un fan del béisbol que no haya escuchado alguna versión del tan llevado y traído relato beisbolero de Castro: que Fidel fue una vez dueño de una aterradora recta como prospecto adolescente y que una vez tuvo el ofrecimiento de contratos de grandes ligas por parte de varios ansiosos scouts, descuidados perros de presa (especialmente uno llamado Joe Cambria, que trabajaba para los Washington Senators de Clark Griffith) cuya incapacidad de hacer firmar al joven prospecto cubano desencadenó un medio siglo de intrigas económicas y políticas de Guerra Fría.

Los New York Yankees y los Pittsburgh Pirates también se meten frecuentemente en la historia. Y en un escandaloso artículo en la edición de mayo de 1989 de Harper’s Magazine, el periodista David Truby brinda quizás la más notoria elaboración del mito al añadir a los New York Giants a la lista de supuestos pretendientes de Castro. (El artículo de Truby era realmente una reimpresión, extraída de su columna mensual en el efímero diario Sports History). Truby reporta que Horace Stoneham estaba también tras la pista del joven Castro, un “lanzador estelar del equipo de béisbol de la Universidad de La Habana”, y cita de supuestos reportes de escauteo  existentes (que aparentemente nadie más ha visto) como su prueba. Pero Truby no está solo en haber creído (o en este caso haber fabricado) la deleitable historia. Reconocidos estudiosos del béisbol, historiadores generales de deporte, numerosos narradores de redes de noticias (e incluso el ex Senador de los Estados Unidos Eugene McCarthy en un desconocido artículo en un diario en 1995) han sido engañados por el mito de Castro como un genuino prospecto del pitcheo de las ligas mayores. 

Un relato encantador también se encuentra en las páginas de la revista Sport de junio de 1964, donde el ex ligamayorista Don Hoak (ayudado por el periodista Myron Cope) recuenta un día distante en La Habana (que se dice durante la temporada invernal de 1950-51) cuando estudiantes anti-batistianos rebelados interrumpieron un partido de la Liga Cubana mientras un joven estudiante de derecho llamado Castro se hizo cargo de la lomita y efectuó varios lanzamientos no reglamentarios al propio Hoak. Evidencia detallada desinfla tanto la fraudulenta versión de Hoak (fácilmente probada imposible según varias versiones indiscutibles) y también numerosas versiones asociadas de la prominencia de Castro como lanzador. Resulta ser que Fidel el pelotero es más un maravillosa creación propagandística (una demasiado buena para ser, rayando en lo fantástico) que Fidel el célebre héroe revolucionario. Pero esto es solo una pequeña parte de la fascinante y mayormente —sino totalmente— adornada historia de Fidel Castro con el béisbol.

Una cosa es crudamente clara sobre Fidel el pelotero. El usualmente presentado relato de su amplia calidad como potencial lanzador de grandes ligas simplemente no es cierto como se cuenta normalmente. Es una atractiva suposición en total —una de la que casi nos podemos resistir— de que los scouts de béisbol podrían muy bien haber cambiado la historia si hubiesen prestado más atención a la potente recta de Fidel. Sirve como un perfecto relleno para Bob Costas durante un tenso momento en la TV en la Serie Mundial cuando Liván Hernández o “El Duque” Hernández están sobre la lomita en octubre. Sirve de tentadora ficción para el cronista deportivo Tim Wendel y su apresurada novela (Castro’s Curveball, 1999), pero sigue siendo ficción de todos modos. Como recordara mordazmente una vez Bob Costas a este autor en correspondencia personal, en este caso la ficción en toda la extensión de la palabra es demasiado deleitable para ser abandonada voluntariamente por personas de la prensa que explotan su atractivo seductor. 

Sin embargo, si Fidel no fue nunca un genuino prospecto del pitcheo sí estaba destinado a surgir como una influencia innegable dentro de la historia reciente del béisbol en su propia nación. (Y también tal vez en la escena de grandes ligas, una vez que su revolución de 1959 cerró las escotillas de escape a muchos estelares de la liga cubana y potenciales prospectos de MLB en la década del ’60 y el ’70 como Agustín Marquetti, Antonio Muñoz y Armando Capiró). El rol personal de Castro en eliminar el béisbol profesional cubano ha sido muy exagerado y sobre-publicitado. (Figuras del béisbol organizado como el gerente general de Cincinnati Gabe Paul y el Presidente de la Liga Internacional Frank Shaughnessy —además de un grupo de políticos de Washington— aparentemente tuvieron un papel más preponderante que Fidel en el desmantelamiento en 1960 de la franquicia de los Cuban Sugar Kings, de Triple A, basada en La Habana). Al mismo tiempo, el vínculo activo del primer ministro cubano durante los primeros doce o más años luego de llegar al poder político (oficialmente no se convirtió en presidente de Cuba hasta 1976) —tanto en inspirar como en legislar una próspera versión amateur del deporte nacional de Cuba— ha sido igualmente ignorada una generación y más de historiadores del béisbol en Estados Unidos.

¿Es Fidel Castro en el fondo el despreciable villano del béisbol (responsable por la eliminación de la liga profesional) o un héroe de béisbol certificado (arquitecto de una versión del deporte del bate y la pelota más noble, ondeando banderas, que la que ondeaba dólares)? La respuesta —como con casi todos los elementos de la Revolución Cubana— puede perfectamente ser una cuestión de las perspectivas históricas y políticas de cada cual.

Es una cuestión de récord histórico que el ascenso de la revolución (al principio socialista y luego reconocida como comunista) de Castro terminó de una vez por todas la liga invernal de béisbol profesional en Cuba. Pero eso es apenas un pequeño prólogo de la fuerte y reciente saga del béisbol cubano. Si el propio Castro es un “mito” del béisbol cubano (en el sentido negativo del término), es un concepto aún más erróneo que la Era Dorada del béisbol terminó en la isla en enero de 1960; la pura verdad es que el cénit del béisbol cubano se alcanzó solo en la segunda mitad del siglo XX—una era post-revolución y no pre-revolución.  Fidel Castro y sus políticas de amateurismo fueron en un final responsables durante los años ’60 y los ’70 de reconstruir el deporte de Doubleday y Cartwright en la isla y convertirlo en una vitrina para las patrióticas competencias amateurs. El resultado directo de esas dos décadas y las otras tres que siguieron sería uno de los más fascinantes circuitos de béisbol del mundo (tensas competencias anuales de Series Nacionales esparcidas por toda la isla y seguidas por selecciones anuales de trabucos  como equipos nacionales cubanos) y ampliamente la saga más llena de éxitos en toda la historia de los movimientos mundiales amateurs y olímpicos.

Fidel Castro y jugadores del Minneapolis Millers en La Habana

Si el béisbol profesional de la era moderna deja un sabor amargo a al menos algunas generaciones más viejas de fans norteamericanos hastiados de los dueños derrochadores y fuera de control y de los actuales cazafortunas (o llenos de esteroides) ligamayoristas, las acciones de la Liga Cubana, de la forma en que se juega bajo el gobierno comunista de Castro, ha brindado una alternativa más bien atractiva al béisbol como una empresa de mercado libre capitalista. En breve, el futuro Máximo Líder que nunca fue ese “fenómeno” de rectas duras para hacer mirar o abrir la chequera de la leyenda del escauteo Papa Joe Cambria estaba destinado sin embargo a representar un pequeño rol en su controversial legado como la figura más significativa, fuera del terreno, que pueda encontrarse en cualquier lugar de la historia del deporte de la segunda potencia beisbolera del Hemisferio Occidental.

La Patraña de Hoak

Don Hoak no creó exactamente el mito de Fidel Castro, el lanzador. Sin embargo, el ofensivamente débil jugador de cuadro sí contribuyó bastante en la divulgación de una de las más laboradas patrañas históricas del béisbol. La carrera de jornalero  del infielder con los Dodgers, Cubs, Reds, Pirates y Phillies es de hecho solamente reconocida por dos lances desastrosamente malos —uno en el diamante y el otro en la sala de entrevistas. En el primer caso, Hoak soltó el tiro malo desde tercera base el 26 de mayo de 1959, que saboteó las 12 entradas perfectas de su compañero de equipo Harvey Haddix en el County Stadium de Milwaukee (y en el proceso el más largo juego perfecto de las grandes ligas). En el caso siguiente, se alió a un cronista deportivo ávido de notoriedad para tejer un falso hilo sobre haber enfrentado al futuro líder revolucionario cubano en una confrontación de bateador vs. Lanzador, altamente improbable, adornada de romance y desbordando fervor patriótico.

La fabricada historia del memorable enfrentamiento de Hoak contra uno de los más famosos líderes políticos del Siglo XX hizo muy poco para inmortalizar al propio ligamayorista. No obstante, estaba destinado para convertirse en otro material de los circulantes registros impresos y orales que trabajaron a través de los años para establecer las propias credenciales beisboleras aparentemente impresionantes de Fidel Castro.

Hoak conspiró con el periodista Myron Cope y los editores de la revista Sport para elaborar esta historia ficticia en junio de 1964 (apenas semanas luego de su liberación por parte de los Philadelphia Phillies que puso fin a su carrera), echando a andar por tanto una de las más mayormente creídas patrañas beisboleras de la era moderna. Según cuenta Hoak en su historia, su improbable y no reglamentario turno al bate contra el joven Castro tuvo lugar en su única temporada en la pelota de liga invernal cubana, la cual el ex ligamayorista convenientemente recuerda mal y alega que fue la de 1950-51. El relato de Hoak involucra un juego entre su propio club de Cienfuegos y el equipo de Marianao con el legendario jardinero del Habana Pedro Formental. El conveniente escenario eran los disturbios políticos que rodeaban el crecientemente impopular gobierno del dictador militar Fulgencio Batista. Durante el quinto inning, y con el norteamericano Hoak en la caja de bateo, una manifestación estudiantil espontánea contra Batista estalló (Hoak reportó que esas sublevaciones eran bien regulares durante esa temporada particular de 1951) con cornetas, sonando, petardos estallando, y fuerzas anti-batistianas metiéndose directamente en el terreno de juego.

El relato de Hoak continúa con el líder estudiantil —el carismático Castro— caminando hacia la lomita, quitándole la pelota a un lanzador de Marianao que ni se resistió, y haciendo varios lanzamientos de calentamiento al receptor Mike Guerra (un veterano de grandes ligas con los Washington Senators). Castro entonces ordena que Hoak asuma su posición en la caja de bateo, el famoso árbitro Amado Maestri se encoge de hombros y accede, el norteamericano conecta foul sobre varios descontroladas pero veloces recta, el bateador y el árbitro se cansan de la charada, y el audaz Maestri finalmente ordena que la policía militar (“quienes estaban disfrutando con pereza en las gradas”) a sacar sus porras anti-motín y sacar a la muchedumbre estudiantil del terreno. Castro abandonó la escena “como un niño impertinente que ha sido reprendido por el maestro y enviado a pararse en la esquina.” 

El relato estrafalario de Hoak apuntaló un mito que muy pronto tomaría vida propia de dimensiones artificiales. Los detalles narrados por Hoak son tal vez encantadores, pero altamente sospechosos desde la oración inicial. Errores de ortografía y equivocaciones de nombres, más la confusión de los detalles beisboleros, inmediatamente destruyen toda credibilidad que pudiese llevar la historia. El estelar jardinero cubano es Formental (no “Formanthael” como Hoak y Cope lo escriben) y Formental era realmente un jardinero del equipo del Marianao durante principios de los años ’50 (había jugado por Cienfuegos una década antes, antes de haber sido transferido a La Habana por Gilberto Torres a mediados de los ’40); el árbitro es Maestri (no la escritura “Miastri” de Cope); el receptor Fermín (como fue siempre conocido en Cuba) Guerra habría estado dirigiendo al equipo Almendares en aquel momento y no fungiendo como receptor para el club que jugaba bajo el estandarte de Marianao.

Para aumentar la poca verosimilitud de la historia, los eventos reportados están totalmente fuera de tono con el carácter de varias personalidades supuestamente involucradas, especialmente los detalles concernientes al árbitro Maestri. Amado Maestri tiene la reputación de haber sido el mejor árbitro de la isla a mediados de siglo, un bastión de respetabilidad, un hombre que una vez llegó a expulsar al magnate de la Liga Mexicana Jorge Pasquel de los terrenos del estadio de Ciudad México. Este no era un árbitro sin carácter que habría cedido dócilmente el control del terreno ni por un instante a alborotadores refugiados de gradas de ninguna índole —especialmente a fuerzas agitadoras antigubernamentales. En resumen, los detalles están tan confusos y escandalosamente impreciso como para sugerir que Hoak (y literalmente el asistente Cope) habían en realidad narrado esta historia de manera categóricamente jocosa, y también con la clara intención de advertir sutilmente a cualquier lector informado sobre la elaborada broma literaria.

El historiador del béisbol amateur y nativo de Cuba Everardo Santamarina ya ha señalado (en The National Pastime de SABR, Volumen 14, 1994) las rampantes inconsistencias e ilegitimidad en general de la descabellada historia de Hoak. Santamarina lo hace enfatizando en las contradicciones relacionadas con la propia carrera de liga invernal de Houk (fechas pifiadas, nombres incorrectos de peloteros cubanos, imprecisa descripción de Maestri). Santamarina da nuevamente en el blanco al enfatizar la imposibilidad del rol desempeñado por el árbitro en la historia. Y Santamarina concluye con astucia que “ni siquiera el ‘Batazo Cantado’ de Babe Ruth recibió un levantón como este.” 

Hay también hechos disponibles del lado de Fidel Castro (hechos que Santamarina no menciona) que son iguales de persuasivos en cuanto a catalogar de mentira el relato inventado de Hoak. Un jugando más con los detalles históricos que con la información del béisbol es aparente para cualquier lector incluso vagamente familiarizado con los hechos legítimos de la Revolución Cubana. Para los principiantes, Pedro Formental era un conocido simpatizante de Batista y por tanto no es lógico que haya sido “un amigo de Castro” y el “acompañante diario [de Fidel] en el estadio” como reporta Hoak. Si bien Fidel recibió su título de derecho de la Universidad de La Habana en 1950 como precisamente explica Hoak, Batista por su parte no estaba entonces en el poder (solamente reasumió la presidencia por medio de un golpe de estado en marzo de 1952); el movimiento estudiantil contra Batista encabezado por Castro estaba aún a algunos años por llegar. Lo que hace más daño aún es el hecho de que Hoak no estaba siquiera en Cuba en el año que alega, ni jugó por el equipo que cita antes de la temporada invernal de 1953-54, en la víspera de su campaña de novato en las grandes ligas con Brooklyn. Para cuando Hoak llegó al roster de Cienfuegos, Castro no estaba ya en La Habana, sino que cumplía tiempo de prisión en la Isla de Pinos por su participación en el Asalto al Cuartel Moncada en julio de 1953, una encarcelación de la cual no fue liberado hasta mayo (Día de las Madres) de 1955.

Puede apuntarse además que en realidad sí hubo un hecho real algo similar al que Hoak convierte en ficción, y este acontecimiento puede haber contenido las fértiles semillas de la historia convenientemente soñada con su escritor anónimo Myron Cope. Unos estudiantes cubanos sí interrumpieron en realidad un juego de pelota en el Stadium del Cerro en La Habana (también llamado Gran Stadium en aquel tiempo) a principios del invierno de 1952 (November 23) acción que llevó a una rápida intervención de la milicia de Batista y no del asediado árbitro. Castro en aquel tiempo ya había sido liberado de prisión, pero estaba entonces refugiado en Ciudad México.

Estudiantes protestan en el Grand Stadium de Cerro en La Habana

Pero en este caso, como en la mayoría de los otros, los hechos históricos raramente se ponen en medio del camino del seductoramente buen folklor beisbolero. El cuento de Hoak y Cope pronto logró legitimidad superficial con sus frecuentes renacimientos. El periodista Charles Einstein puso su propio sello de autoridad con una incuestionable e inalterada reimpresión en The Third Fireside Book of Baseball (1968), y luego nuevamente en su volumen Fireside Baseball Reader (1984). El notable historiador del béisbol John Thorn sigue el pleito en The Armchair Book of Baseball (1985), añadiendo un inteligente y legitimador encabezado sobre la historia que dice: “Increíble pero cierto. Y cómo la historia se habría alterado si Fidel se hubiese convertido en un Yanqui de New York o en un Senador de Washington, o incluso en un Rojo de Cincinnati.” Una revisión de Tom Jozwik sobre la antología de Thorn (SABR Review of Books, 1986) enfatiza con ingenuo asombro que el sujeto de esta pieza “autobiográfica” es sin duda el Fidel Castro de Cuba y no el derrubio ligamayorista Bill Castro. 

El Mito del Prospecto

La entretenida aunque falsa fantasía de Houk está reconocidamente llena de presagios, incluso si es genuinamente débil y fabricada. Si bien ni Castro no Hoak estuvieron simultáneamente en La Habana en el momento en el que se dice que el líder político retó al futuro bateador de grandes ligas (Hoak no estaba allí en 1951 y Castro no estaba en 1954), lo que es más notable sobre el claramente apócrifo relato es el grado en el que su fácil aceptación hace paralelo con docenas de otros cuentos similares concernientes a Fidel como una verdadera estrella del montículo —incluso un talentoso prospecto del pitcheo con proporciones de grandes ligas. Legiones de fans se han encontrado al paso de los años con la leyenda beisbolera de Fidel Castro en uno u otro de sus muchos formatos familiares.

La historia usualmente dibuja a Fidel como un prometedor talento del pitcheo que fue observado a finales de los años ‘40 o principios de los ’50 (los detalles son siempre imprecisos) y casi fichado por un grupo de clubes de las mayores. La versión más circulada es la que involucra al afamado “perro de presa” de Clark Griffith, Joe Cambria, y los Washington Senators. Pero los New York Giants, New York Yankees y Pittsburgh Pirates (como ya ha sido apuntado) también reciben una mención. Es simplemente una historia demasiado genial y por tanto se la han tragado con gancho, cordel, y recta. Si tan solo los scouts hubiesen sido más persistentes —o si tan solo la recta de Fidel hubiese tenido más poder y su curva más rompimiento— toda la historia de la política del Hemisferio Occidental en el siglo pasado habría sido probablemente cambiada de manera drástica. Kevin Kerrano cita al supervisor de scouteo de los Phillies en Latinoamérica Rubén Amaro (un ex ligamayorista criado en México cuyo padre era la leyenda de la Liga Cubana Santos Amaro) en este tema familiar. Amaro (repitiendo que Cambria rechazó dos veces  Castro para un contrato) deduce que “Cambria podría haber cambiado la historia si hubiese recordado que algunos lanzadores maduran tarde.”  Es una fantasía como para desearla devotamente y por tanto es irresistible a la hora de decirla.

Incluso estudiosos del béisbol de mucha reputación, historiadores del deporte en general, y experimentados narradores de cadenas noticiosas han sido engañados por el encantador cuento. Kevin Kerrane (como se ha dicho) reporta la historia del tryout de Castro en su libro de referencia sobre el chequeo a los jugadores (Dollar Sign on the Muscle, 1984) al observar (de manera algo precisa aunque incompleta) que “en los campos de pruebas Cambria rechazó dos veces a un joven lanzador llamado Fidel Castro.” Otros han hecho lo mismo y muchas veces considerablemente con menos restricciones. Michael y Mary Oleksak (Béisbol: Latin Americans and the Grand Old Game, 1991) citan tanto a Clark Griffith como a Rubén Amaro sobre la leyenda de Fidel y Papa Joe sin mucho detalle provechoso pero con la implicación de que es más un hecho real que ficción. John Thorn y John Holway (The Pitcher, 1987) buscan una ruta más cuidadosa al citar la refutación del historiador cubano residente en Tampa Jorge Figueredo e que “no hay verdad en la tan repetida historia.”

El más desenfrenado relato del mito ocurre en la reimpresión de Truby en Harper’s. El autor Truby repite la tan llevada y traída frase de que el fichaje de Castro podría haber cambiado la historia en realidad. También reporta que Horace Stoneham tuvo a sus New York Giants detrás de la pista de un joven castro, quien era “un estelar lanzador del equipo de bésbol de la Universidad de La Habana”, e incluso cita reportes de chequeo de Howie Haak, de Pittsburgh,  (“un buen prospecto porque podía lanzar y pensar a la misma vez”), el scout de los Giants en el Caribe Alex Pompez (“lanza una buena pelota, no siempre duro, pero inteligente… tiene buen control y debería ser considerado seriamente”), y Cambria (“su recta no es fantástica pero es aceptable… usa una buena variedad de curva… también usa su cabeza, y de esa forma también puede ganar para nosotros”). El problema acá (y se trata de un problema considerable, de hecho) es que ninguna otra fuente conocida jamás reportó sobre esos reportes de chequeo existentes o una vez disponibles. (También puede tomarse en cuenta que las líneas citadas difícilmente suenan como evaluaciones serias de scouts legítimos —sabuesos curtidos en la búsqueda de talento mucho más propensos a reportar lecturas de velocímetros, o en los años ‘50 tal vez medidas de velocidad del brazo basadas en impresiones aunque más plausibles— que impresiones de ingenio rápido).

Todo comentario adicional (especialmente el que viene de los muchos biógrafos de Castro y desde dentro de la misma Cuba) indica que como lanzador estudiante, Fidel lanzaba fuerte pero descontrolado (lo exactamente opuesto que apareció en la citas de Truby). Y Castro nunca hizo el grado para el equipo de la Universidad de La Habana, mucho menos llegar a ser su lanzador estelar); su juego como estudiante se limitó a 1945, en su penúltimo año de preuniversitario. Truby remata su historia con un reporte (supuestamente escuchado de labios de Stoneham) de que Pompez había autorizado a ofrecer una bonificación de $5,000 por firmar (una ridícula suma en sí, pues a ningún otro prospecto latino la ofrecían esa cantidad de dinero en 1950, muy especialmente uno que debía tener 23 ó 24 años para aquel momento) la cual Castro rechazó, para sorpresa de los funcionarios de los Giants. La curva más grande en la versión de Harper’s es la que el propio autor lanza a los lectores.

Con la explosión que durante el pasado medio siglo ha existido en torno a los talentos beisboleros latinoamericanos (y por tanto en la historia de cómo el juego se practica en las naciones caribeñas), la leyenda beisbolera de Castro ha tomado inevitablemente un tono comercial también. Un productor de réplicas de gorras y camisetas de ligas caribeñas ha recontado las glorias del Fidel el lanzador (en sus catálogos y en su sitio web) y se las arregla para en el proceso expandir la historia al promulgar a Fidel como lanzador regular en la liga invernal cubana. Para principios del Siglo XXI, el sitio web de The Blue Marlin  Corporation reportaba que la foto promocional de Castro era realmente un retrato del dictador lanzando por su afamado equipo militar (“Los Barbudos”) en la Liga Cubana, mientras que en realidad la salida de exhibición no fue más que un duelo escenificado una sola vez precediendo un juego de los Havana Sugar Kings en la Liga Internacional. ESPN una década antes había producido un atractivo volante promocional que usó la “historia” beisbolera de Fidel como parte de un gancho para vender sus propios juegos televisados. En 1994, el poster de ESPN que promocionaba los partidos televisados de los domingos y los miércoles por las noches mostraba la misma familiar foto de 1959 de Fidel lanzando con su uniforme de Barbudos, acá superpuesto con el encabezado en letras negritas “El juego típico americano que una vez reclutó a Fidel Castro.”

Una de las promociones más interesantes del mito de Fidel el pelotero viene con un ensayo de Eugene McCarthy distribuido en el diario Elysian Fields Quarterly (Volumen 14:2, 1995) y reimpreso de una columna editorial anterior en USA Today (14 de marzo de 1994). Acá el ex senador y ex candidato presidencial hace campaña (no tan en serio, presume uno) por Fidel como el muy necesitado comisionado del béisbol de grandes ligas (“lo que más necesita el béisbol—un dictador experimentado”). Si bien McCarthy puede hacer sus propuestas de manera burlona cuando se trata de la campaña para comisionado, parece haberse tragado el mito del pasado beisbolero de Fidel. Así que: “Otro prospecto chequeado por los Senators fue un lanzador llamado Fidel Castro, quien fue rechazado porque los scouts reportaron que no tenía una recta de ligas mayores.” Igualmente se lo tragaron los editores de EFQ, quienes encomendaron al artista Andy Nelson a crear una portada de volumen con una ficticia tarjeta de Topps de 1953 de un barbudo Castro con un uniforme de Washington como lanzador de los Washington Senators de la era de Clark Griffith.

La tarjeta ficticia de Andy Nelson de Topps 1953 muestra de manera inmediata algunas señales de anacronismo histórico a los lectores perceptivos y cautelosos. Una tarjeta de Topps de año 1953 encaja con el propósito del artista, pues en ese año en particular la Compañía de Goma de Mascar de Topps usó de hecho solamente los dibujos de jugadores hechos por artistas (a mayoría de ellos consistiendo solamente de retratos de cabeza) y el retrato a lapicero y tinta de Nelson tiene por tanto una sensación especial de realidad. Pero por supuesto, a principios de la temporada de 1953 Castro era aún un estudiante sin barba a punto de lanzar su carrera política (no su carrera como pelotero) en un fatídico ataque al Cuartel Moncada en Santiago.

A pesar de toda esta promoción mediática, la leyenda completa de Castro como lanzador es en el fondo un mito tan insustancial como el relato publicado de Hoak sobre haber enfrentado al revolucionario lanzador en 1951 (o 1954, o la temporada en que pueda haber sido). Fidel no fue nunca un prospecto serio del pitcheo que podía requerir una bonificación de $5,000 o incluso una oferta seria de contrato. Nunca fue cotizado por los scouts de grandes ligas o especialmente por Joe Cambria. (Hay que recordar que el modus oprandi de Cambria era fichar a cada chico en Cuba con promesa incluso aceptable y dejar que el campo de entrenamiento de primavera del Washington se encargara de ellos después; si Fidel Castro hubiese tenido algún talento legítimo de grandes ligas, Cambria difícilmente lo habría dejado pasar.) Fidel nunca estuvo camino a las grandes ligas en Washington, New York o cualquier otro sitio, no importa cuán intrigante pueda ser la historia que circula de que (de no ser por un truco del cruel destino o una mala evaluación de Papa Joe) podía haber estado sirviendo rectas humeantes contra los oponentes del Washington en la Liga Americana durante los años ’50, en lugar de haber estado lanzando curvas políticas contra los burócratas de Washington en los años ‘60.

¿Cuáles entonces son los verdaderos hechos que rodean a Fidel Castro y al béisbol, especialmente los que tienen que ver con los esfuerzos de Fidel como jugador? Un examen minucioso de los registros históricos y biográficos hace que algunos puntos sean indiscutiblemente claros. Primero, el joven Fidel sí tenía una pasión por el popular deporte de béisbol, una que fue aparente en sus primeros años en la provincia cubana de Oriente. El biógrfo Rober Quirk (Fidel Castro, 1993) habla de la aparente fascinación del joven por el juego nacional de Cuba, y especialmente su atracción a la posición central de pitcher (“el hombre que siempre tenía el control”). Pero también es obvio por relatos biográficos ampliamente disponibles que el joven Fidel se sentía más cautivado por sus propias habilidades para dominar en la arena deportiva (como en otras arenas colegiales) y no con el atractivo del juego en sí. De joven organizó un equipo informal en su poblado natal de Birán, cuando su adinerado padre hacendado facilitó los necesarios implementos como bates, pelotas y guantes (Szulc, Fidel: A Critical Portrait, 1986). Y cuando él y so equipo no ganaban los juegos, sencillamente recogía el equipo de su padre y se dirigía a casa. Fidel desde el principio nunca fue aparentemente un jugador de equipo o un hombre de espíritu deportivo.

Las fantasías beisboleras de Fidel (como las de muchos de nosotros) nunca fueron igualadas por talento alguno bateando o lanzando. Cuando estudiaba en el preuniversitario, Fidel mantenía su pasión inicial por los deportes y jugaba en el equipo de baloncesto en Belén, la escuela privada católica en La Habana a la que asistió durante los años 1942-1945. También lanzó por la escuadra de béisbol en su último año, además de destacarse en el campo y pista (distancias medias y salto de altura) y ser campeón de Ping-Pong.

Esfuerzos posteriores del círculo interno de Castro (aunque todo parece indicar que nunca fueron esfuerzos del propio Fidel) de promover su gruesa imagen al ventilar los rumores de su destreza como atleta están según parece conectados con sus días como estudiante. El biógrafo Quirk (cuyo exhaustivo estudio es el más reciente y uno de los más académicos en la amplia lista de biografías de Fidel publicadas tanto en inglés como en español) reporta sobre destapar algunos relatos sin fundamentos de que Fidel fue seleccionado el atleta colegial de La Habana en el año 1945. Sin embargo, cuando Quirk se absorbió de manera incansable en cada edición de las páginas deportivas de La Habana (en el Diario de la Marina) en busca de ese año en particular, no encontró mención alguna del nombre de Castro. En una nota al pie de su historia, Quirk demuestra irónicamente su propia despreocupación sobre los detalles históricos cuando apunta que el Diario reportó que la estrella colegial destacada de esa campaña de 1945 fue Conrado Marrero, un héroe del pitcheo amateur que se convirtió en legendario en los diamantes cubanos a finales de los años ‘40 y principios de los ’50, y quien realmente sí llegó al roster de ligas mayores de los Washington Senators. Lo que Quirk pasa por alto es el hecho de que Marreo tenía ya 34 años en 1945, y ya llevaba tiempo establecido como estrella principal del equipo nacional amateur de Cuba desde finales de los años ‘30.

No obstante, resulta que sí hay una fuente después d todo en los años de preuniversitario en Belén sobre la esencia de la leyenda beisbolera de Castro. El biógrafo Quirk asume falsamente el reconocimiento de Fidel como atleta colegial basado en su último año, cuando realmente ese reconocimiento llegó un año antes, en 1943-44. Otro cronista de Fidel, Peter G. Bourne (Fidel, 1998), sí reconoce el status de Castro como jugador estelar de baloncesto en Belén, y también su reconocimiento como destacado atleta estudiantil de La Habana durante ese invierno. Bourne también enfatiza en la tendencia de Fidel a usar e deporte (como también usó lo académico, la sociedad de debate y la política estudiantil) como un conveniente método de demostrar que podía sobresalir en casi cualquier cometido imaginable. Fidel estaba tan determinado en este sentido que una vez apostó a un camarada de escuela que podía embestir una pared de ladrillos con su bicicleta a toda velocidad. Logró hacerlo, pero el intento le puso varias semanas en la enfermería de la escuela.

Es el éxito atlético en Belén el que en el fondo contiene la clave oculta de la leyenda de Fidel el prospecto beisbolero. Para mediados de los ‘40, Joe Cambria había estado llevando sus actividades de chequeo para los Senators desde una habitación de hotel en La Habana (también su residencia a tiempo parcial) y también llevando a cabo campos de pruebas abiertos para legiones de ávidos prospectos de La Habana, al tiempo que sacudía las ramas por el resto de la isla en busca de talento cubano barato. Fidel, según se reporta (por parte de Bourne), se apareció sin ser invitado en dos de esos campos de pruebas entre su penúltimo y último año, principalmente para demostrar a sus camaradas que podía sin dudas ser lo suficientemente bueno como para lograr una oferta de contrato profesional. En otras palabras, Castro buscó a Cambria y a los scouts profesionales, y no viceversa.

No obstante, nunca se le ofreció un contrato al prospecto veloz pero descontrolado. Y como resalta el biógrafo Bourne, cualquier oferta habría casi de seguro sido rechazada. Fidel era un joven privilegiado de una familia acomodada y por tanto tenía otros proyectos en el horizonte (una lucrativa carrera en la ley y la política) mucho más prometedores que el béisbol profesional. Jugar pelota es una ocupación que habría sido en realidad un paso atrás para cualquier futuro estudiante de leyes de esa década. No había grandes bonificaciones en los años ‘40, particularmente en Cuba, donde la misión de Cambria para el tacaño Clark Griffith era encontrar talento baratísimo entre atletas de menos clase, desesperados para firmar por casi nada. El promisorio futuro de Fidel estaba ya asegurado en los lucrativos campos de la ley y la política. Su divulgada fascinación por el béisbol no podía jamás haber sido más que la compulsiva diversión momentánea de lucirse —un empeño desprovisto de sueños cautivadores de escapar hacia la gloria de grandes ligas o la elusiva promesa de la riqueza de las mayores.

Cuando luego agregó su tiempo como estudiante en la Universidad de La Habana, las fantasías de Fidel en cuanto practicar deportes con pelota aparentemente no se apagaron por completo, y sí jugó baloncesto en primer año y también hizo pruebas —aunque infructuosamente— para el equipo principal de béisbol de la universidad. Pero como apunta el biógrafo Quirk, los peloteros en Cuba (al igual que los mejores atletas en otros deportes) ya para finales de los años ‘40 tenían orígenes mayormente pobres y de descendencia africana entre el populacho, y de la clase superior de estudiantes privilegiados como Fidel. El futuro político mostró una permanente fascinación por deportes con pelotas (especialmente baloncesto y fútbol, como revelarían entrevistas posteriores) que permanecería con él en años futuros. Pero era totalmente evidente incluso para Fidel durante sus años universitarios que tenía muy poco talento serio como tirador de béisbol. Además, las actividades políticas preocupaban al ambicioso estudiante de derecho desde 1948 en adelante y no dejaron casi tiempo disponible para practicar seriamente el béisbol de ningún modo. Aunque sus numerosos biógrafos cubren cada aspecto de su vida con minucioso detalle, ninguno de ellos menciona las pruebas ante scouts del béisbol, juego en equipos organizados, o de hecho cualquier tipo de actividad beisbolera hasta su eventual renovada pasión por el deporte como un dedicado fan. Y esta última llegó solamente luego de exitoso ascenso al poder político en enero de 1959. Solamente Quirk y Bourne, entre los biógrafos de Castro, enfatizan en la parte beisbolera de Fidel, y solo lo hacen para decir que el béisbol nunca se comparó con el baloncesto o el campo y pista como una rama en la cual demostrar su habilidad atlética o para liberar esa motivación obsesiva de tener un éxito personal ilimitado.

El más notable de los cronistas de Fidel (Tad Szulc) sí menciona, sin embargo, un evento posterior que arroja luz sobre los sublimados intereses beisboleros de Castro. Szulc reporta sobre una entrevista en la que Fidel de manera repentina e inesperada comenzó a exponer los importantes valores simbólicos de su deporte favorito como escolar, el baloncesto. El baloncesto, según observaría Fidel, pudo brindar un valioso entrenamiento indirecto para su actividad revolucionaria. Era un juego que requería planificación táctica y estratégica, y astucia en sentido general, además de velocidad y agilidad, los verdaderos elementos de la guerra de guerrillas. El béisbol, según observó Fidel, no tenía promesa alguna para un futuro revolucionario. Los más significativo es que Szulc señal que los comentarios de Fidel en esta ocasión vinieron durante una cándida respuesta en la que él “negó enfáticamente” los rumores reportados de que una vez imaginó una carrera para sí mismo como lanzador profesional de las ligas mayores norteamericanas.

La Exhibición de los Barbudos

El verdadero ímpetu para los cuentos y leyendas de Fidel como pelotero serio parecen seguir tanto de las asociaciones post-revolucionarias del Máximo Líder con el juego según cualquier tipo de reporte exagerado respecto a su rol imaginado como prospecto escolar de otro tiempo. Acá son importantes las muy contadas (pero muy pocas veces representadas con precisión) apariciones en encuentros de exhibición en estadios en La Habana y otros sitios por toda la isla durante la primera década luego de la toma de posesión comunista en 1959-60. El más reconocido evento, por supuesto, fue la salida de una vez de Fidel en la lomita del Estadio del Cerro (sede de los Havana/Cuban Sugar Kings) usando el uniforme de su propio equipo escogido, bautizado apropiadamente como “Los Barbudos”. Rara vez, sin embargo, los historiadores norteamericanos del béisbol o la prensa norteamericana han tenido la muy viajada historia de los “Barbudos” totalmente correcta.

El célebre pero poco entendido juego de Barbudos tuvo lugar en La Habana el 24 de julio de 1959, ante una multitud de 25,000 fanáticos (26,532, para ser precisos), como un desafío preliminar a un enfrentamiento programado de la Liga Internacional entre los Rochester red Wings y los Havana Sugar Kings. Una sola versión periodística medular en el Democrat and Chronicle de Rochester (New York) proporciona la fuente de más detalles de los eventos de la noche, y también para una muy conocida foto de acción de Castro que luego acompañaría a la mayoría de los cuentos de pitcheo de “Castro-como-fenómeno”.

Según se reporta (exactamente el escritor del Democrat and Chronicle George Beahon) Fidel practicó todo el día en su habitación de hotel para su período de dos innings con el equipo escogido del Ejército Cubano que enfrentó a una escuadra de la policía militar. (En la versión de Beahon se reporta además que fue una vez lanzador de preuniversitario que “hizo pruebas” para el equipo universitario, pero no se hace mención alguna de ninguna competencia universitaria o de ningún interés de los scouts en sus moderados talentos como tirador).  Castro lanzó los dos innings de exhibición previos al encuentro y fue capturado en la lomita (y al bate) en varias fotos de acción (llevaba el número 19) que luego serían imágenes muy vistas del Máximo Líder-lanzador de béisbol. La impresión pública de días posteriores sobre Fidel como talentoso monticulista (al menos en Estados Unidos) está sin dudas fundamentada principalmente, sino exclusivamente, en las imágenes fotográficas existentes recogidas de estos eventos de una sola noche. 

Fidel Castro lanzando por los Barbudos

Fidel ponchó a dos miembros del equipo militar oponente (uno con la ayuda de un amistoso árbitro, en una decisión que hizo a Fidel correr hacia la caja de bateo y estrechar la mano del excesivamente cooperativo juez). Se dice que cubrió “sin necesidad pero admirablemente” la primera base en una rolata por el infield, que conectó un machucón al campo corto en su único turno al bate (capturado por una foto en el diario habanero de la tarde siguiente, y que demostró un estilo sorprendentemente bueno en la lomita—“descontrolado pero rápido, y con buenos movimientos”. Pero el momento más memorable de la noche estaba reservado para otro héroe militar de la revolución, el Comandante Camilo Cienfuegos, quien inicialmente debía lanzar por el equipo oponente, la Policía. “Yo no estoy en contra de Fidel, ni en la pelota,” anunció el astuto Cienfuegos, quien entonces se puso los arreos de receptor y se ubicó detrás del plato para el equipo Barbudos de Fidel.

Si bien el Comandante Cienfuegos no arriesgaría dejar en un segundo plano al Comandante Castro, las actividades de subordinados menos conocidos lo harían con suficiente prontitud. Apenas una noche después aconteció uno de los más infames y descomunales hechos en la historia del béisbol cubano —el tan reportado incidente del tiroteo en el que el coach de tercera base de Rochester Frank Verdi y el paracortos del Havana Leo Cárdenas fueron aparentemente alcanzados balas extraviadas lanzadas por entusiastas revolucionarios que habían entrado en tropel al Estadio del Cerro a celebrar el primer Día de Independencia desde la llegada de Castro al poder.

La volátil ocasión de mezclar el béisbol con la rebeldía fue la primera y muy anticipada “Celebración del 26 de Julio” de la era revolucionaria, y el béisbol y la política local estaban por tanto a punto de chocar cabeza con cabeza. Fulgencio Batista había escapado de la isla el 1º de enero de 1959, permitiendo que los rebeldes encabezados por Castro se hicieran con el control efectivo de todo el país. La fecha del 26 de julio conmemoraba un ataque fallido de 125 estudiantes rebeldes guiados por castro contra el Cuartel Moncada en Santiago, un evento que de manera subsiguiente brindó su nombre al movimiento revolucionario inspirado por Fidel. (El Ejército Rebelde de Fidel fue oficialmente conocido como el Movimiento 26 de Julio). Los eventos de ese momento habían sido además animados por la dramática renuncia de Fidel como primer ministros apenas nueve días antes en una lucha de poder con el Presidente Manuel Urrutia (quien luego sería expulsado); Fidel reasumió el puesto de poder en la conclusión de las dramáticas celebraciones patrióticas de ese mismo fin de semana.

Lo que siguió esa noche en el Estadio del Cerro fue tanto una comedia de errores como una tragedia de malos entendidos. Y una vez más los hechos rodeando el propio incidente del tiroteo, y el frenesí del estadio que tanto precedieron como siguieron, rara vez se cuentan de manera correcta.

El asediado manager de los Rochester Red Wings Ellis “Cot” Deal tres décadas antes luego recontaron minuciosamente los memorables hechos en la auto-publicada autobiografía (Fifty Years in Baseball – or, “Cot” in the Act, 1992), una rara versión de primera mano que fue luego verificada en entrevistas con el presente autor. En un estadio lleno de guajiros (campesinos cubanos) y barbudos (los soldados de Castro, quienes como su equipo militar de la noche anterior obtuvieron su apodo de las barbas que llevaba la mayoría de ellos) —todos con el propósito de una planificada celebración de la medianoche del “26 de Julio”— los dos equipos de la Liga Internacional inicialmente terminaron un partido suspendido, luego vadearon la explosiva atmósfera y el intenso calor tropical para llegar a un empate a tres anotaciones al final de los innings reglamentados en el encuentro regulado. El choque preliminar era la terminación de un partido de siete innings sin anotación que databa de la visita anterior de los Red Wings un mes antes.

El manager Deal sospechó anteriormente que la noche iba a ser larga y cargada de eventos, especialmente cuando los árbitros y los mentores rivales (Deal y el jefe de los Sugar Kings Preston Gómez) se encontraron en el plato para discutir (en lugar de las reglas comunes del terreno) lo que transpiraría en el caso altamente probable de que hubiese una seria interferencia de los fans. Havana anotó en el final del octavo para ganar la preliminar y por tanto el ambiente festivo del estadio se animó todavía más.

El veterano ligamayorista Bob Keegan había terminado el partido preliminar (pues había sido también el abridor del encuentro suspendido en junio) y estuvo también al alcance de la mano por accidente debido a la rotación del pitcheo para iniciar el partido regulado que seguiría. Keegan lanzó valientemente a pesar del opresor calor y mantuvo una ventaja de 3-1 en el final del octavo cuando finalmente la sofocante humedad agotó su energía y Deal, resignado, cambió a los lanzadores. Tom Hurd cerró la puerta en el octavo inning, pero un boleto y un jonrón del toletero cubano Borrego Álvarez en el final del noveno forzó el temido extra-inning.

Lo que se desencadenaría luego fue la dramática interrupción patriótica. Con la multitud —una abarrotada muchedumbre que superó los 35,000— ahora en un estado excesivamente emotivo, el partido reglamentado fue detenido cerca de la medianoche; se apagaron rápidamente las luces del estadio, los proyectores del palco de prensa se enfocaron en una enorme bandera cubana en el jardín central, y se tocó el himno cubano de manera pausada y reverente. Pero tan pronto como se volvieron a encender las luces del estadio, se desató el infierno y el aire de repente se llenó con espasmos de disparos de celebración que se hacía tanto desde dentro como desde fuera del estadio. Un habanero, amigo cercano del autor, que asistía esa noche, contaría recientemente  cómo un patrón sentado a su lado cerca del dugout del equipo visitante descargó varias balas de su pistola directamente hacia el círculo de espera. Deal también recuerda vívidamente como un excesivo entusiasta soldado cubano (tal vez se trataba del mismo individuo) descargando una pistola automática en el suelo directamente frente al dugout de los Red Wings.

El juego se reanudó con otros disparos ocasionales esporádicos que hacían resaltar las acciones en el diamante. El infielder Billy Harrell pegó jonrón en el principio del inning 11 para dar a Rochester una momentánea ventaja, pero en el final de la entrada el equipo local armó un rally y la multitud llegó nuevamente por tanto a nuevos grados de delirio. Cuando el receptor de los Sugar Kings Jesse Gonder (un norteamericano) inició la parte baja de la entrada con un batazo conectado por la línea del jardín izquierdo y se abalanzó hacia la segunda base, pareció (al menos al mentor Deal) que no pisó la almohadilla de primera base cuando doblaba, un evento que pasó inadvertido para la animada multitud, pero que predeciblemente hizo que el manager Deal saliera al terreno para discutir con los árbitros ubicados en primera base y home.

Naturalmente, temiendo un inminente alboroto si entonces cantaban algo controversial contra el resurgente club local, ninguno de los árbitros estaba dispuesto a escuchar las protestas de Deal, que bajo circunstancias más calmadas podían haber parecido válidas. (Deal pensaba que el árbitro de primera Frank Guzetta se había vuelto demasiado pronto para seguir al corredor a segunda base, en caso de que se efectuara una jugada allí, y por tanto no vio cuando Gonder pisó al lado de la primera base; meramente quería que el árbitro de home ayudara en la jugada). Guzetta ignoró los reclamos de Deal, y pocos momentos después, el mentor del Rochester fue expulsado por continuar sus vehementes protestas. Gonder anotaría luego la única carrera de la entrada y el encuentro continuó hasta el inning 12, en esta ocasión empatado a cuatro. Confinado al clubhouse, Deal no pudo estar presenta para ver de primera mano el otro drama que se desencadenó después.

En los momentos que siguieron, la expulsión de Deal resultó ser irónicamente un hecho significativo. Cuando luego un avergonzado Deal recapituló las circunstancias de esa expulsión del terreno de juego, tuvo que admitir que el árbitro Frank Guzetta había reaccionado más por profunda sabiduría que por una superficial autodefensa. En el calor de la discusión Deal se agarró la garganta, mostrando una señal universal de “asfixia” que simultáneamente provocó otro gesto universal—el “pulgar” que en español es “adiós” y en inglés “take a shower” (a las duchas). En retrospectiva, Deal sería más comprensivo con la situación difícil de los umpires y se daría cuenta de que cualquier intento de revertir la jugada en torno al corrido de bases de Gonder habría perfectamente hecho estallar a una ya alterada (y fuertemente armada) multitud de gradas, con consecuencias bien desastrosas.

Fidel Castro y Orestes Miñoso

En el terreno, el destino y los eventos fortuitos estaban a punto de intervenir una vez más. Se hicieron otros disparos aislados cuando inició el juego en el 12mo, y las balas perdidas rasparon simultáneamente tanto al coach de tercera base Frank Verdi como al paracortos de los Sugar Kings Leo Cárdenas. Para ese entonces, los aterrorizados árbitros y jugadores habían visto suficiente. El juego fue inmediatamente suspendido por los árbitros mientras Verdi, aún aturdido fue transportado expeditamente por unos pálidos compañeros de equipo hacia los vestidores del Rochester, seguidos de cerca por una descontrolada horda de peloteros en fuga. Aparentemente una bala disparada hacia arriba golpeó en la caída la gorra de Verdi (la cual fortuitamente llevaba un protector de bateo) y apenas lo aturdió. Deal (totalmente ajeno a los sucesos del terreno) acababa de salir de la ducha cuando su atemorizado equipo invadió el clubhouse llevando a un apenas consciente Frank Verdi. El túnel fuera de los vestidores de los Red Wings era puro caos mientras los árbitros y los peloteros de ambos clubes buscaban refugio en el interior del estadio. Una ironía inmediatamente aparente era que Verdi acababa de sustituir en esa misma entrada al expulsado Deal como coach de tercera base, y si bien Verdi llevaba siempre un soporte plástico en su gorra, el afortunado Deal nunca usaba ese dispositivo protector. Por tanto, la expulsión de Deal del terreno había probablemente salvado la vida del manager bendecido por el destino, o al menos evitado una notable lesión.

Mientras los árbitros intentaban desesperadamente llamar por teléfono al presidente de la liga Frank Shaughnessy en New York para que tomase una decisión en torno a la caótica situación, el manager Deal y su gerente general, George Sisler Jr., habían y decidido su siguiente movida: llevar a su equipo a salvo al céntrico Hotel Nacional y luego a prisa al próximo avión disponible con destino a Rochester (o al menos a Miami). Pero algunos fans cubanos que estaban presentes en el abarrotado Estadio del Cerro esa noche (algunos de ellos han sido entrevistados con el paso de los años por el autor en La Habana) hoy tienen recuerdos distintos del suceso, tal vez adornados por la cambiante perspectiva o por los difusos recuerdos tras el paso de las décadas. Recuerdan algunos disparos, nada hostil en la festiva respuesta de la multitud tanto a la celebración patriótica y el emocionante juego de béisbol, y difícilmente alguna sensación de peligro hacia los jugadores o hacia los propios celebrantes. Y lo funcionarios del béisbol cubano de aquella época tienen también una interpretación ligeramente distinta, negando a voz en cuello que la situación haya estado en verdad fuera de control y ejerciendo presión sobre el manager y el gerente general del Rochester a continuar tanto el partido suspendido como el programado para la tarde siguiente.

El capitán Felipe Guerra Matos, recién nombrado director del ministerio de deportes de Cuba, envió un cable a los directivos del equipo de Rochester con una disculpa formal y sincera, asegurando a los jefes de los Red Wings que La Habana era totalmente segura para el béisbol y que a su equipo (y a cualquier otro club de la Liga Internacional) les garantizarían la máxima seguridad en todos los futuros viajes a la isla. Guerra Matos veía los eventos de la noche solamente como una demostración espontánea, de desenfrenado goce nacional y fervor revolucionario por parte de emocionados soldados cubanos y entusiastas e irrefrenables campesinos, y por tanto una celebración de libertad no más impropia tal vez que muchas celebraciones del 4 de julio en Estados Unidos.

Pero Deal y Sisler persistieron en aquel momento, a pesar de las presiones y amenazas de los oficiales cubanos, que continuaron durante la noche y la mañana siguiente. Luego de un tenso y aparentemente interminable domingo, aislados en el Hotel Nacional, cerca del mar, en medio de las juergas revolucionarias, que continuaban en las calles que les rodeaban, el club de Rochester pudo finalmente obtener un salvoconducto del Aeropuerto José Martí antes de que cayera nuevamente la noche.

Décadas después, Deal (su libro fue publicado en 1992 y mi entrevista con él tuvo lugar en 2004) hizo un entretenido relato de los laboriosos esfuerzos de los funcionarios cubanos para que hiciera que su equipo completara la serie de fin de semana, incluyendo el partido suspendido de la noche anterior al igual que el encuentro programado para la tarde del domingo. Mientras un bombardero característico de la Segunda Guerra Mundial ametrallaba una embarcación abandonada en el puerto de La Habana como parte de los continuos festejos revolucionario, Deal y su gerente general se encontraron con un par de funcionarios del gobierno cubano en la habitación de hotel de Sisler, fortificada solamente por fuertes tazas de café negro cubano. Los voceros del gobierno cubano —según el relato de Deal— pidieron, lisonjearon y finalmente hasta amenazaron alborotadamente en sus esfuerzos para convencer a los norteños de reanudar el pleito beisbolero vespertino. Deal y Sisler se mantuvieron firmes en sus negativas y eventualmente los burócratas del gobierno se marcharon con un apenas controlado ataque de furia. Deal tenía la sensación de que las fallidas reuniones de la mañana del domingo iban a ser muy difíciles para sus anfitriones de explicar a sus superiores gubernamentales (y tal vez al propio Fidel).

El resultado primordial del azaroso fin de semana —que presenció primero a Fidel asumir la lomita y luego fue testigo de cuando el caos inundó el estadio— fue el principio del fin para el béisbol de la Liga Internacional en la isla controlada por el comunismo. Pero el toque de difuntos repicaría lento para la franquicia del Havana. Los play offs del campeonato de la Copa de Gobernadores de la Liga Internacional (en el cual el sorprendente tercer lugar Havana venció al cuarto lugar Richmond Vees) y un enfrentamiento de Pequeña Serie Mundial con los Minneapolis Millers de la American Association (mostrando a un prospecto llamado Carl Yastrzemski) transpirarían ambos en La Habana ese mismo otoño. Y Fidel el fan al béisbol estuvo por supuesto presente en ambos eventos, aunque varios reportes del Comandante Castro y sus camaradas portando armas, paseándose sin invitación dentro y encima de los dugouts, e incluso intimidando primero a los peloteros de Richmond y luego a los de Minneapolis con amenazas de intervención violenta pueden posiblemente haber sido ligeramente (sino excesivamente) exagerados.

Para mediados de la campaña de 1960, las expropiaciones de Castro (tanto reales como amenazadas) de los intereses de negocios norteamericanos en la isla, al igual que estallidos de resistencia política antigubernamental (“terrorismo”) en las calles de La Habana (con numerosas explosiones destructivas esparciéndose por toda la ciudad), convencieron a los funcionarios de la Liga Internacional y a sus partidarios en Washington finalmente de romper la conexión luego del reinado de media docena de años de la progresivamente asediada franquicia del Havana. El 8 de julio de 1960 (mientras hacían viaje por carretera a Miami), los orgullosos Sugar Kings (dirigidos entonces por Tony Castaño y presentando a los futuros ligamayoristas Mike Cuéllar, Orlando Peña, y Cookie Rojas) fueron cancelados por los padres reinantes de la liga y reubicados literalmente de la noche a la mañana a los climas norteños de Jersey City.

El verdadero legado 

La aparición de Fidel con el equipo de los Barbudos fue estrictamente un evento de una vez. “El Jefe” no lanzó regularmente con ningún equipo en ninguna versión de la “Liga Cubana” —una distorsión erróneamente reportada por varias fuentes norteamericanas, y más infamemente por la Blue Marlin Corporation de San Francisco y por los gurús de ESPN como una pieza central de presentación de campañas de anuncios comerciales calculadas. Fidel sí continuó durante la década siguiente y más jugando de manera informal en juegos de recogidas  con su círculo estrecho de colegas revolucionarios. El biógrafo Quirk reporta que Camilo Cienfuegos pudo mantenerse a favor de Fidel por mucho tiempo debido principalmente a sus habilidades como jugador. (El eternamente popular Comandante Cienfuegos se convirtió en un riesgo aparente, sin embargo, menos de un año después del triunfo revolucionario de enero de 1959 y muy pronto desapareció bajo circunstancias misteriosas en un vuelo solitario entre Camagüey y La Habana a finales de 1959). Incluso el Che Guevara (un argentino, que prefería el fútbol) y su hermano Raúl (quien mostraba pocas habilidades atléticas o intereses deportivos que pudiesen igualar los de Fidel) fueron ocasionalmente fotografiados en uniformes de faena militar o en pantalones vaqueros y camisetas de mangas cortas haciendo sus entusiastas “swings” durante exhibiciones de bateo antes de partidos de la Liga Cubana en los años ‘60. El propio Fidel hizo varias exhibiciones de este tipo en La Habana, Santa Clara, Cienfuegos, Matanzas y en otros lugares de toda la isla.

La influencia de Fidel en el béisbol cubano no obstante siguió siendo enorme luego de la exitosa toma de poder militar por parte del Movimiento 26 de Julio en enero de 1959. Fueron las relaciones ya en deterioro entre Washington y el gobierno cubano durante ese mismo año, y el que siguió, lo que más que nada llevó a la repentina reubicación de la franquicia cubana en la Liga Internacional en julio de 1960 de La Habana a Jersey City. A su vez, esta decisión de despojar a Cuba de su franquicia de béisbol profesional puede —como muchas otras cosas en las primeras etapas del régimen de la Revolución Cubana— haber logrado agriar a Fidel Castro hacia los Estados Unidos y sus (al menos desde el punto de vista cubano) obvias políticas imperiales. Luego de que se disolviera el club Havana del béisbol profesional, Fidel reestableció el béisbol en la isla (en 1962) como un asunto estrictamente amateur, y bajo su gobierno revolucionario un nuevo espíritu beisbolero “anti-profesional” dominaría muy pronto a toda Cuba.

La legislación para prohibir el deporte profesional fue uno de los primeros logros del gobierno de Castro y estableció las bases para un béisbol cubano de era moderna. Los eventos rodeando la transición desde el status profesional al amateur en la liga principal cubana se desarrollaron rápidamente en la primavera y verano de 1961, apenas más de dos años después de la llegada de Fidel al poder. Del modo que lo ve el expatriado cubano Roberto González Echeverría, el gobierno revolucionario estaba improvisando bajo presión, y este podía ser sin dudas un análisis justo. González Echevarría apunta que era una cosa para el gobierno revolucionario borrar los recuerdos de la historia política de Cuba (de la cual muchos ciudadanos en el mejor de los casos podían no estar muy documentados) pero era otra muy diferente suplantar las valoradas tradiciones culturales de la isla (y por tanto las arraigadas memorias colectivas) rodeando las instituciones del béisbol amateur y profesional. 

Fidel Castro batea el primer hit de la I Serie Nacional en 1962El primer paso fue en febrero de 1961, con la creación de un remozado ministerio de deportes nombrado INDER (Instituto Nacional de Deportes, Educación Fisica y Recreación) para asumir el papel de la DGND (Dirección General Nacional de Deportes) de Batista y diseñado para supervisar las futuras actividades deportivas “socialistas” de Cuba.  Apenas un mes después, el INDER con su Decreto Nacional Número 936 había legislado lo que equivalió a una total prohibición de toda competencia atlética profesional, incluyendo más prominentemente la otrora popular Liga Invernal afiliada al béisbol organizado de Estados Unidos, y también anunció panes para un campeonato nacional amateur anual a comenzar al año siguiente. Otra innovación novedosa fue la decisión de que nunca se cobraría la admisión para los encuentros deportivos, una política que duró casi hasta el fin del siglo XX.

Dos adicionales afamadas comparecencias en el béisbol por parte del nuevo líder inspirador de Cuba fueron esos en los que “El Comandante” aprovechó algunos “teatros” cuidadosamente montados y disparó el primer hit “oficial” de las dos temporadas inaugurales de las Series Nacionales. La histórica temporada inaugural escenificada en 1962 duró poco más de un mes y siguió por menos de nueve meses a la invasión clandestina a Bahía de Cochinos. Una serie de partidos para inaugurar la liga fueron efectuados en el Estadio del Cerro ante  25,000 aficionados el domingo, 14 de enero de 1962 y el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba (entonces su título oficial) Fidel Castro brindó un largo discurso y luego compareció al plato en su tradicional atuendo militar para batear la “primera bola” ceremonial ante el abridor de Azucareros Jorge Santín. Cuando los verdaderos peloteros salieron al terreno, Azucareros blanqueó a Orientales 6-0 y con un pitcheo de Santín en el que permitió tres hits.  Una foto reimpresa varias veces (reproducida en mi anterior ensayo de SABR BioProject cobriendo “La Liga Cubana”) del Líder Supremo Castro disparando el primer hit ante el abridor de Azucareros Modesto Verdura (no Santín) registra los eventos que ocurrieron en el mismo parque el día de apertura de la II Serie Nacional, más tarde ese año. La foto reproducida en este artículo captura el primer hit de la primera serie.

Luego se rumoró que Fidel tenía cierta dictadura cuando trató de micro dirigir al exitoso equipo nacional que desde finales de los ‘60 en adelante dominó las competencias internacionales como los campeonatos mundiales de la IBAF (Federación Internacional de Béisbol), los Juegos Panamericanos y los torneos de los Juegos Centroamericanos, y (luego de 1992) competencias de medallas de oro en el torneo beisbolero de los Juegos Olímpicos. Hay evidencias suficientes de que esas alegaciones eran más que rumores.  Toda duda de las influencias de Fidel sobre el equipo nacional de Cuba se borraron para este autor cuando estuve realmente en la escena inmediata de una llamada telefónica que parece verificar el rol de Fidel como un aparente “presunto gerente general” del equipo nacional.

En posesión de un pase de prensa en los Juegos Panamericanos de Winnipeg 1999 (la primera competencia internacional sancionada por la IBAF luego de 1970 que mostró peloteros profesionales al igual que bates de madera en lugar de los de aluminio), me había acercado al dugout cubano para hablar brevemente con el comisionado de la liga cubana Carlitos Rodríguez 45 minutos antes del choque por la medalla de oro entre Cuba y los norteamericanos. Treinta segundos después de iniciada nuestra charla, el celular de Carlitos sonó y después de contestar se disculpó con prontitud y se retiró al extremo más lejano del dugout. Al final de la conversación de cinco minutos en la que el comisionado apenas pronunció palabra alguna, Carlitos me diría que “el jefe” había llamado para dar algunas instrucciones de último minuto sobre alineaciones, decisiones de pitcheo y estrategia de juego.

El plan de construir fuertes escuadras nacionales amateurs consecuencia del juego en una liga doméstica, pronto probó ser un éxito rotundo. Durante más de cuatro décadas bajo el liderazgo de Fidel, el régimen cubano encontró irónicamente en el béisbol su arena probada para conseguir impresionantes triunfos internacionales. Por 40 años (iniciando en el Campeonato Mundial de la IBAF en Santo Domingo 1969 y extendiéndose al segundo Clásico Mundial de Béisbol patrocinado por la MLB en 2009), los equipos cubanos dominarían las competencias mundiales amateurs, y pocos (por no decir ninguno) de los otros logros de la Revolución se han acercado a brindar una sólida fuerte de identidad nacional reforzada o un marcado éxito internacional. Según el astuto decir de un notable historiador de la cultura cubana radicado en Estados Unidos (Louis A. Pérez Jr., de la Universidad de Carolina del Norte), bajo el régimen de Fidel Castro, el béisbol —el juego norteamericano por excelencia— ha servido totalmente a la Revolución Cubana —la encarnación anti-norteamericana por excelencia. 

Tal vez la más balanceada visión de los esporádicos momentos de Fidel como jugador aparece en un libro de los años ‘60 producido por el fotorreportero norteamericano Lee Lockwood (Castro’s Cuba, Cuba’s Fidel, 1967). La innovadora caracterización que hace Lockwood sobre Fidel se logró luego de horas de profundas entrevistas (transcritas con el más cuidadoso detalle) sobre temas de amplio rango (a saber, sus evaluaciones sobre su nación insular, su propia enigmática personalidad, y el mundo como tal), al igual que un collage de las raras y cándidas fotografías hechas por el periodista. La única referencia al béisbol en su tomo de 300 páginas es un artículo a dos páginas mostrando fotos de Raúl bateando (“un competente segunda base, él es el mejor bateador”) y Fidel lanzando (“Fidel tiene buen control, pero no muchos recursos”). Ambos hombres aparecen capturados por el lente de Lockwood llevando gorras de béisbol e indumentaria informal para jugar. En un segmento de la entrevista algunas páginas después, Fidel comenta efusivamente su eterno amor por el deporte, enfatizando el baloncesto, el ajedrez, la inmersión y el fútbol como sus favoritos perennes. También resalta su virtuosismo escolar en el baloncesto y el campo y pista (“nunca fui un campeón… pero no practicaba mucho”). Pero no aparece mención al deporte nacional de béisbol.

Fidel Castro, el pitcher

Está claro, según registros históricos, que Fidel fue un consumado y entusiasta atleta cuando joven precoz. Sus muchos biógrafos subrayan su uso del deporte escolar (especialmente el baloncesto, el campo y pista y el béisbol) para resaltar entre los otros estudiantes. Pero el absorbente interés de Fidel y su posterior talento, nunca fue ante todo el béisbol. Su fuerte identificación con al juego nacional luego de la Revolución de 1959 —seguía a los Sugar Kings como un fan devoto, escenificó exhibiciones antes de partidos de la Liga Cubana, y jugó frecuentes juegos con numerosos camaradas cercanos— fue tal vez más que nada un inevitable reconocimiento del deporte nacional de su país y su extensa acogida a la ciudadanía cubana. Fue también un paso calculado hacia el uso del béisbol como medio para superar a los odiados imperialistas en su propio juego. Y el béisbol fue también visto en principio por el Máximo Líder como un instrumento de política revolucionaria —un medio para fomentar el espíritu revolucionario en casa y para construir constantes (y para los titulares) triunfos internacionales propagandísticos en el extranjero. Puede que Fidel no haya ejercido mucho control sobre su recta en sus ya lejanos tiempos de colegial. Pero eventualmente demostró ser un experto natural (un verdadero “fenómeno”) para controlar la pelota (la institución) como un instrumento muy útil para construir cuidadosamente a su sociedad revolucionaria y también para mantener su ventaja propagandística en las políticas de Guerra Fría por todo el mundo.

Fidel y el béisbol siguieron estando inevitablemente vinculados durante los 49 años del mandato activo de Castro en la Cuba Revolucionaria, y el Máximo Leader inevitablemente cambiaría el rostro y enfoque de las fortunas beisboleras en la isla tanto como cambió dramáticamente el resto de lo que constituía la sociedad cubana. Pero fue solamente como testaferro político y Máximo Líder —no como legítimo pelotero—que Fidel Castro surgió como una de las más notables figuras que se encuentran en cualquier parte de la historia del béisbol cubano. Como lanzador no fue tal solo la borrosa esencia de un mito imparable. Ciertamente no era el Walter Johnson o Christy Mathewson oculto de Cuba, o incluso su Adolfo Luque o Conrado Marrero moderno; su rol estaba destinado a estar más a tono con el del oscuro e inmaterial Abner Doubleday, o tal vez incluso el promotor y conocedor del mercado A.G. Spalding.

El miembro del Salón de la Fama de Cooperstown Monte Irving, que jugó con Almendares en l liga invernal de 1948-49 en La Habana, una vez dijo ingeniosamente que si él y otros miembros de la liga cubana de finales de los ‘40 hubiesen sabido que el joven estudiante que deambulaba por los estadios de La Habana tenía designios de ser un dictador autócrata, habrían estado bien servidos de haberlo hecho árbitro. Tal vez el ex Senador de Estados Unidos Eugene McCarthy (EFQ, Volume 14:2) tenía en mente el rol más apropiado—el de zar de béisbol y comisionado de grandes ligas. Sin haber lanzado jamás una recta seria o incluso sin haber bateado con potencia, Fidel estaba destinado —como el Juez Landis al norte y una generación anteriormente— a dejar un impacto más grande en el pasatiempo de la nación que muchas otras generaciones completas de estrellas que en el diamante golpeaban sus guantes o empuñaban bates. Como observó con astucia McCarthy: un aspirante a lanzador, con una profunda memoria, una vez despreciado, pude ser un hombre muy peligroso.

Fuentes beisboleras

Bjarkman, Peter C. A History of Cuban Baseball, 1864-2006 (Jefferson, NC and London: McFarland & Company Publishers, 2007.) [Ver especialmente el capítulo 9: “The Myth of Fidel Castro, Barbudos Ballplayer”]

Bjarkman, Peter C. “Fidel on the Mound: Baseball Myth and History in Castro’s Cuba” in: Elysian Fields Quarterly 17:1 (Verano de 1999), 31-41.

Bjarkman, Peter C. “Baseball and Fidel Castro” in: The National Pastime: A Review of Baseball History, Volumen 18 (1998), 64-68.

Castro, Fidel. Fidel Sobre El Deporte (Fidel on Sports). Havana, Cuba: INDER, 1975. (Contiene fragmentos de discursos y publicaciones hechos por el Máximo Líder, brindando la fuente más abarcadora sobre lo propios comentarios de Fidel sobre los deportes y su práctica en la sociedad socialista)

Deal, Ellis F. (“Cot”). Fifty Years in Baseball – or, “Cot” in the Act (Oklahoma City, Oklahoma: autopublicado, 1992.)

Hoak, Don con Myron Cope. “The Day I Batted Against Castro” in: The Armchair Book of Baseball. Editado por John Thorn. (New York: Charles Scribner’s Sons, 1985), 161-164. (Apareció originalmente en Sport, junio de 1964)

Kerrane, Kevin. Dollar Sign on the Muscle – The World of Baseball Scouting (New York and Toronto: Beaufort Books, 1984.)

Lockwood, Lee. Castro’s Cuba, Cuba’s Fidel (New York: Vintage Books, 1969.) (La major fuente en inglés sobre los comentario personales de Fidel sobre los deportes y su práctica en la sociedad socialista)

McCarthy, Eugene J. “Diamond Diplomacy” in: Elysian Fields Quarterly 14:2 (1995), 12-15.

Oleksak, Michael M. y Mary Adams Oleksak. Béisbol: Latin Americans and the Grand Old Game (Grand Rapids, Michigan: Masters Press, 1991.) 

Pettavino, Paula J. y Geralyn Pye. Sport in Cuba: The Diamond in the Rough (Pittsburgh and London: University of Pittsburgh Press, 1994.)

Rucker, Mark y Peter C. Bjarkman. Smoke – The Romance and Lore of Cuban Baseball (New York: Total Sports Illustrated, 1999.) (compárese específicamente pp. 182-204)

Santamarina, Everardo J. “The Hoak Hoax” in: The National Pastime 14. Cleveland, Ohio: Society for American Baseball Research, 29-30.

Senzel, Howard. Baseball and the Cold War – Being a Soliloquy on the Necessity of Baseball in the Life of a Serious Student of Marx and Hegel From Rochester, New York (New York and London: Harcourt Brace Jovanovich, 1977.) (Una entretenida aunque ampliamente ficticia version del episodio del 26 de Julio de 1959 en el estadio de La Habana y su total efecto) 

Thorn, John and John Holway. The Pitcher, The Ultimate Compendium of Pitching Lore (New York: Prentice-Hall, 1987.) 

Truby, J. David. “Castro’s Curveball” en: Harper’s Magazine (mayo de 1989), 32, 34.

Wendel, Tim. Castro’s Curveball: A Novel (New York: Ballantine, 1999.) (El más amplio tratamiento ficticio sobre la leyenda fcticia del lanzador Fidel Castro)

Biografías de Fidel Castro

Bourne, Peter G. Fidel: A Biography of Fidel Castro (New York: Dodd, Mead and Company, 1988.)

Castro, Fidel (con Ignacio Ramonet). Fidel Castro: My Life, A Spoken Autobiography (New York: Scribner’s, 2009.)

Dubois, Jules. Fidel Castro, Rebel-Liberator or Dictator? (Indianapolis and New York: The Bobbs-Merrill Company, 1959).

Geyer, Georgie Anne. Guerrilla Prince: The Untold Story of Fidel Castro (Boston and London: Little, Brown and Company, 1991.)

Halperin, Maurice. The Rise and Decline of Fidel Castro: An Essay in Contemporary History(Berkeley: University of California Press, 1972.)

Krich, John. A Totally Free Man—An Unauthorized Autobiography of Fidel Castro (A Novel) (Berkeley, CA: Creative Arts Books, 1981.) (Un relato ficticio lleno de referencias insustanciales a los episodios de jugador de Fidel Castro)

Matthews, Herbert L. Fidel Castro (New York: Simon and Schuster, 1969.)

Quirk, Robert. Fidel Castro (New York and London: W.W. Norton and Company, 1993.) (Paperback Edition, 1995)

Szulc, Tad. Fidel: A Critical Portrait (New York: William Morrow and Company, 1986.) (La más completa caracterización personal)

Notas

1 Versiones anteriores de la mayoría de este material han aparecido en Peter Bjarkman, A History of Cuban Baseball, 1864-2006 (Capítulo 9) al igual que en Elysian Fields Quarterly 17:1 (Verano de 1999) y The National Pastime 18 (1998). Ver referencias encima para detalles específicos de fuente.

2  Roberto González Echevarría también presenta elocuentemente el caso (The Pride of Havana, pp.352-353) para el status único de las conexiones beisboleras de Fidel: “Nunca ha habido un caso en el que un estadista se involucre tan prominentemente y por tanto tiempo con el deporte favorito de la nación como lo ha estado Fidel Castro con el béisbol en Cuba.”

3  Este ensayo por su puesto no es un tratamiento biográfico completo ni parcial de una de las personalidades históricas más complicadas del pasado siglo. Es una “biografía beisbolera” solamente (como de hecho son todos los otros ensayos publicados dentro del Proyecto Biográfico de SABR) y primariamente está apuntando a desmantelar uno de los muchos mitos infundados y leyendas que tantas veces se han conectado al fundador y líder de la revolución socialista/comunista de Cuba. Un objetivo secundario es subrayar y explicar el considerable impacto que tuvo reamente Fidel Castro en el juego del béisbol como se ha desarrollado en Cuba en las últimas cinco décadas. Para aquellos interesados en detalles biográficos más completos hay una lista de las mejores fuentes antes de las notas. En breve, los detalles importantes de la vida personal de Fidel pueden resumirse como sigue. Nació con el nombre de Fidel Alejandro Castro Ruz el 13 de agosto de 1926 en el oriente rural de Cuba (en el poblado de Birán) como el hijo ilegítimo del adinerado terrateniente Ángel Castro (un campesino inmigrante de la provincia española de Galicia); su madre Lina Ruz González era una criada en la casa de Ángel cuando nació Fidel, como quinto hijo de Ángel (y tercero con Lina, con quien se casaría eventualmente). Entre los 11 hermanos y hermanas de Fidel pronto se incluiría el joven hermano Raúl (nacido el 3 de junio de 1931), quien lo sustituyó como Presidente y Primer Ministro en febrero de 2008. Hay dos grandes ironías rodeando el lugar y la fecha de nacimiento de Fidel: el lugar estaba a menos de 25 millas del sitio donde cayó en combate otro gran héroe político de Cuba, José Martí, el 19 de mayo de 1895; la fecha (como el caso de muchos peloteros cubanos con el paso de los años) posiblemente no esté correcta. Fidel siempre ha insistido que nació el 13 de agosto de 1926, pero el biógrafo Robert Quirk ha reportado que varias de sus hermanas han declarado con frecuencia que en realidad nació un año más tarde y que sus padres cambiaron la fecha para que pudiera comenzar la escuela 12 meses antes de lo previsto. Por tanto, varias fuentes discrepan en cuanto al año de nacimiento (1926 o 1927) aunque el día y el mes parecen indiscutibles. 

Mientras Fidel rigió como líder supremo en Cuba desde el 1 de enero de 1959 hasta que los problemas de salud le obligaran a salirse del puesto el 24 de febrero de 2008, realmente no asumió la posición oficial como el 16to primer ministro de Cuba hasta el 16 de febrero de 1959, o como el 15to presidente de la nación hasta el 2 de diciembre de 1076. Fue Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba (el verdadero puesto de poder) desde julio de 1961 hasta el 19 de abril de 2011 (cuando también cedió esta posición a su hermano Raúl, por mucho tiempo Jefe del Ejército Cubano).

Fidel se ha casado dos veces, con Mirta Díaz-Balart (1948-1955) y Dalia Soto del Valle (1980 hasta el presente). De sus nueve hijos, solo uno, Fidel Ángel Castro Díaz-Balart (conocido como “Fidelito” y profesor universitario además de ampliamente reconocido experto en la esfera de la física nuclear que encabezó la Comisión de Energía Atómica de Cuba desde 1980 a 1992) fue producto de su primer matrimonio. De los cinco hijos de su segundo matrimonio, el más conocido es Antonio Castro Soto del Valle (“Tony”) un cirujano ortopédico entrenado en París que por mucho tiempo sirvió como el médico del equipo nacional de béisbol de Cuba y quien es actualmente vicepresidente tanto del INDER como de la Federación Internacional de Béisbol (IBAF, ahora la Confederación Mundial de Béisbol y Softbol o WBSC). Tony Castro ha sido durante los últimos años un pilar en el movimiento de la IBAF para restablecer el béisbol como deporte olímpico oficial. 

4  Observación, chequeo.

5  Fidel no fue el último prospecto del pitcheo cubano cuyos talentos fueron vastamente exagerados por los (escritores, agentes de jugadores o anunciadores comerciales) norteamericanos, esperando ganar algo de dichas exageraciones y al mismo tiempo sabiendo que podían salirse con la suya diciendo lo que pensaron que los demás querían escuchar sobre un oscuro y misterioso rincón del universo del béisbol. Aroldis Chapman fue vendido como “el más grande lanzador que ha salido de la isla” cuando su agente pujaba hacia un eventual contrato de 30 millones de dólares (había sido excluido del equipo nacional por dudosa actuación antes de los Juegos Olímpicos de Beijing). Más notorios fueron los casos de los fallidos prospectos del pitcheo Geraldo Concepción (Chicago Cubs) y Noel Argüelles (Kansas City Royals) quienes no han podido hacerse justicia en sus oportunidades de las menores luego de contratos caídos del cielo, que resultaron de los reportes de cuequeo inflamados.

6  En octubre de 1998 escribí una nota al narrador de NBC Bob Costas, cuestionando su repetición al aire de la “leyenda de prospecto” de Fidel durante las transmisiones de la Serie Mundial de ese otoño. Costas tuvo la cortesía de enviar una postal que cito íntegramente acá; “Peter, Gracias por los artículos. Realmente interesantes. El mito siempre fue atractivo — ¡Don Hoak debe habérselo presentido! Todo lo mejor — Bob Costas.”

7  Para mayor apoyo de esta afirmación, ver mi ensayo de SABR BioProject sobre la Liga Cubana (The Cuban League). Una compilación más detallada de evidencia se encuentra mi libro de McFarland de 2007 anteriormente citado.

8  Aludiendo al mosquete corto con cañón ancho y alto poder destructivo a corta distancia: término usado en Cuba para referirse a un equipo poderoso y casi sin fisuras. (Nota del Traductor).

9  Jornalero o Journeyman, dícese del jugador que pasa por varios equipos sin establecerse en ninguno. (Nota del Traductor)

10  Hoak y Cope, 164 (en la edición de reimpresión de 1985 de The Armchair Book of Baseball, editado por John Thorn).

11  Santamarina, 29.

12  Tom Jozwik, “A Worthy Successor to the Firesides,” in: The SABR Review of Books, Volume 1 (1986), 67-68. Ahora, para diferenciarse del grupo, el notorio cronista de viajes Tom Miller también repite (y por tanto aparentemente se traga) el relato de Hoak-Castro en su muy percibido libro de viajes Trading with the Enemy: A Yankee Travels through Castro’s Cuba (New York: Atheneum, 1992), recontando los detalles (p. 289) con la debida duda y la voz de la autoridad.

13  Kerrane, 268.

14  Si Fidel no fue lanzador por el equipo principal de la Universidad de La Haban, como se ha dicho tantas veces, aparentemente sí tuvo faenas verdaderas como lanzador mientras lanzaba en la beca de la universidad. El Mundo del 28 de noviembre de 1946 lleva un reporte de juego y un box score mínimo del campeonato intramural de la universidad (jugado un día antes) entre las facultades de Ciencias Comerciales y Derecho, en el cual un tal F. Castro lanzó por los últimos. El box score completo (reproducido en mi libro de 2007 A History of Cuban Baseball, páginas 313-314.) puede ser la única evidencia existente que contenga estadísticas de juego para la breve y poco gamorosa carrera de Fidel Castro en el béisbol universitario. Como el lanzador perdedor, Fidel ponchó a cuatro, transfirió a siete, toleró cinco imparables y cinco anotaciones, y golpeó a un bateador en nueve entradas de trabajo.

15  Pickup o de recogida: Dícese de los juegos en los que se unen dos capitanes y seleccionan entre los peloteros disponibles. (Nota del Traductor).

16  El comentario de González Echevarría aparece en las páginas 354-55 de The Pride of Havana.

17  La historia detallada del nacimiento del Inder la cuentan major Paula Pettavino y Geralyn Pye en su libro Sport in Cuba: The Diamond in the Rough, publicado en 1994. Ver específicamente los capítulos 1 y 3.

18  Aunque las guías oficiales de béisbol del Inder durante años alegaban que el primer hit de la temporada inaugural pertenecía a “El Comandante”, es válido apuntar que el box score official del partido de aperture de enero de 1962 indica que los tres hits que permitió Santín ese día fueron conectados por jugadores cuyos apellidos no era Castro. No obstante, al final del día, el lnzador Santín fue citado por la prensa local diciendo que “el bateador más peligroso que enfrentó fue el Doctor Castro”. (Nunca se han dicho palabras tan verídicas).

19  Ta vez el ejemplo más frecuentemente referido de la mano directa de Fidel en la conucción del equipo naconal involucra la carrera del ex mentor de Pinar del Río Jorge Fuentes. Altamente popular con los fans cubanos, Fuentes dirigió el equipo Cuba que se llevó el oro en los dos torneos de Juegos Olímpicos de 1992 (Barcelona) y 1996 (Atlanta). Pero fue inmediatamente destituido en el verano de 1997 cuando su club cayó en una final por la medalla de oro nte Japón en la Copa Intercontinental (y así vio trunca una cadena d 56 juegos consecutivos internacionales sin perder). Fuentes volvió a dirigir en Pinar pero nunca volvió a dirigir la escuadra naciona y fue pasado por alto varias veces como designaciones rumoradas para comisionado de la Liga Cubana. El comentario callejero en La Habana fue siempre que la sustitución de 1997vino como resultado de un fuerte conflicto de personalidad con “El Jefe” Castro, quien se rumoraba veía el calmado y poco agresivo estilo de dirigir de Fuentes como de mal gusto.

20  La observación de Pérez me la pasaron durante correspondencia por email en 1999. Puede que sea solamente un accidente histórico, pero el resto del mundo se ha puesto a la delantera en el frente de los torneos internacionales, y la caída de Cuba del dominio casi total a ser apenas competitivos ha coincidido casi exactamente con el hecho de que Fidel cediera el poder a su hermano Raúl en febrero de 2008. Una verdaderamente notable cadena de precisamente 50 eventos internacionales de mayores consecutivos en los cuales Cuba se llevó la victoria o llegó al partido de final del campeonato (comenzando con la Serie Mundial Amateur de 1961 en Costa Rica, escenificada el mismo mes de la invasión a Bahía de Cochinos) finalmente llegó a su fin en marzo de 2009 durante el Clásico Mundial de Béisbol. En otras palabras, esa casi inimaginable cadena de dominio en el béisbol comenzó el año en que Fidel prohibió el béisbol profesional en la isla y terminó finalmente en la primera competencia importante, un año calendario luego de que cediera las rindas del poder político. Durante casi medio siglo al mando, Fidel nunca vio a su escuadra nacional salir de un torneo con menos de una medalla de oro o de plata.