• Yirsandy Rodríguez

Los subvalorados del béisbol cubano: Reemberto Rosell — Cienfuegos

Actualizado: 28 dic 2021



En esta pretemporada, Yirsandy Rodríguez retomará su columna contándonos las historias de varios de los jugadores más subvalorados del béisbol cubano en este siglo XXI. Inicialmente, habrá una historia cada semana y, luego, a medida que avance la pretemporada en este invierno, esta serie de “Los subvalorados del béisbol cubano” podría aparecer más de una vez por semana. Sí, será divertido y emocionante recordar a varios de los peloteros que quizás no llegaron a ser superestrellas, pero definitivamente aportaron grandeza y entrega a sus respectivos equipos. Esperamos que te sumes a este viaje por el tiempo y lo disfrutes.


 

Cuatro dedos de espacio entre el mango del bate y su empuñadura, dejando una distancia que lo distinguió con cualquier otro swing entre los bateadores de su generación. La vista fija, estudiando cada movimiento del lanzador y el pie derecho a punto de cruzar la línea de cal que denota el límite del cajón enmarcado para los bateadores zurdos.


Desde la primera vez que mis ojos lo vieron tocar la pelota en movimiento, siempre pensé que Reemberto Rosell guardaba algún misterio en su mecánica. Y de hecho lo tenía. Era un insistente tocador de pelota, capaz de hacer su trabajo como primer bate con maestría y eficacia.


“La Regadera”, así llamaban al ya veterano de 38 años, cuya destreza madero en mano le alcanzaba para sonreír mientras rociaba toques de pelotas, fly de poca altura detrás de los jugadores del infield —parecían reproducciones en perfecta colocación— o líneas cortas por cualquier lugar del campo.


Esas virtudes, entre otras más como la habilidad para correr las bases y deslizarse, Rosell las exhibió frecuentemente y fueron cualidades típicas con las cuales se convirtió también en un consistente bateador de triples. Nunca vi bajar la intensidad de “La Regadera” en cada acción dentro del terreno de juego, donde sus herramientas eran fáciles de apreciar durante apenas cuatro turnos al bate, como descubrí.


Por aquellos años a inicios de este siglo, mientras disfrutaba cómo el refinado y tenaz jardinero cienfueguero convertía sliders que iban a la tierra en hits dentro del infield o sus acostumbrados “machucones” —aparentemente fáciles— en un grito de “safe” del umpire, aún no sabía la historia de que había detrás. ¿Cuánto había sido el sacrificio?… Cómo “La Regadera” Rosell encontró el camino hacia la consistencia para, en una época dorada del béisbol cubano, brillar entre los peloteros más admirables del juego.


Y eso, las historias de superación —aunque nunca dejaron de motivarme a investigar—, las aprecié antes y después de que Rosell terminara su vida activa. De hecho, aún recuerdo cómo en mi mente perduró por años el primer misterio que me asaltó después de ver a “La Regadera” bateando en el plato.


Eso, ¡normalmente te esperas un swing!, ¿no?… Pero con Rosell ese guion no estaba concebido. ¿Y por qué agarra el bate con tanta separación del mango? Aquella pregunta no duró tanto, porque era razonable que un tocador (chocador) de pelota adoptara esa posición previa. Entonces, la gran pregunta o el supuesto misterio eran, ¿por qué Rosell renunciaba a cualquier posible contacto fuerte? ¿Hasta qué nivel pensaba en esa estrategia como ventaja? ¿O simplemente prefería sorprender a los lanzadores de varias maneras?


Sé que cuando veías su postura en el plato era fácil deducir eso, pero todo respondió a un enfoque extendido a través de su carrera: Embasarse. Pisar el home. Buscar victorias. Y en ese sentido, durante más de dos décadas, Rosell se ganó altos honores por lo exitoso que fue cumpliendo sus responsabilidades como “leadoff” de los Elefantes de Cienfuegos.

El nivel de su swing de contacto fue tan frecuente, que Rosell se ponchó 15 o menos veces en 13 de sus últimas 19 temporadas. Bastaría con decirlo así: A sus 39 años, registró su récord personal, bateando 142 hits y una línea de .377/.405/.430.


Eso, desde luego, incluso sin haberlo visto jugar te ofrece una respetable tendencia en un pelotero que viajó por el plato 6,450 veces durante 21 temporadas. De hecho, en el formato de Series Nacionales con 90 partidos comenzando en 1997, una época que Rosell jugó entre sus 35 y 41 años, su promedio de apariciones día a día en el lineup fue de 95.7% (alineó en 517 de 540 juegos del equipo).


¡Impresionante consistencia!


O sea que, desde ese punto, la durabilidad de Rosell fue asombrosa, pero aunque eso no garantiza la calidad, vale señalar que ambas virtudes marcharon a la par. Y eso, sobre todo, lo demuestran sus seis títulos en hits (1987, 1991, *1992 (Selectiva), 1993, 1996 y 1998), el liderazgo en triples (1989) y la combinación de su altísimo BABIP de .341 (el décimo entre bateadores con al menos 1,900 hits en Series Nacionales).


A base de un envidiable swing de contacto y especial versatilidad tocando la pelota, Rosell fue el típico “Rey de los Sencillos” entre los principales productores de hits en la historia. Es cierto que nunca bateó más de dos jonrones en un año ni superó las 32 RBIs, pero al explotar sus herramientas fue un incansable viajero en las bases, extremadamente habilidoso: Entre sus 30 y 41 años, se embasó para promedio de 115 veces por cada 90 juegos, y después de los 35 años marcó una línea ofensiva de .322/.359/.373.


Sí, la tasa de 85.9% 1B (sencillos por cada aparición en home) de Rosell sigue siendo épica, tanto que, entre los 32 bateadores calificados con al menos 1,900 hits y 2,500 PAs en Series Nacionales, el ilustre hombre proa de los cienfuegueros es el líder: