• Yirsandy Rodríguez

Los subvalorados del béisbol cubano: Luis Alberto González — Metropolitanos

Actualizado: 28 dic 2021



En esta pretemporada, Yirsandy Rodríguez retomará su columna contándonos las historias de varios de los jugadores más subvalorados del béisbol cubano en este siglo XXI. Inicialmente, habrá una historia cada semana y, luego, a medida que avance la pretemporada en este invierno, esta serie de “Los subvalorados del béisbol cubano” podría aparecer más de una vez por semana. Sí, será divertido y emocionante recordar a varios de los peloteros que quizás no llegaron a ser superestrellas, pero definitivamente aportaron grandeza y entrega a sus respectivos equipos. Esperamos que te sumes a este viaje por el tiempo y lo disfrutes.

 

Si había un equipo difícil para lanzar y obtener éxito en la década de 2000, ese era Metropolitanos. Nunca fildearon para un promedio superior a .975 y batearon más de .303 únicamente en 2008-2009. El staff más dominante de la década lanzó para 4.63 (2003-2004) y, en la mitad de las series, cerraron con inefectividades superiores a 6.00.


En las siete temporadas entre 2004 y 2011, cuando Juan Padilla terminaba su ciclo como manager y fue sustituido por Jorge Milián, el equipo de Metropolitanos terminó cinco veces en el último lugar de la Serie Nacional.


De todas esas campañas, la 45 Serie fue el peor ejemplo de desastre, cuando los “Rojos” de la capital cerraron con marca adversa de 19-69 —promedio de victorias de apenas .216—, un récord negativo para entonces. Obviamente, una de las principales razones de la desaparición de los Metros, fue esa falta de competitividad, matizada por los traspasos de jugadores hacia Industriales. Sin embargo, dentro de la debacle generalizada en una época donde comenzaron a salir del país varios talentos de la capital, también hubo jugadores que marcaron la diferencia.


Y si antes habíamos recordado lo difícil que resultaba lanzar con equipos inconsistentes de Metros a mediados de la década de 2000 —sin el apoyo ofensivo necesario y una defensa endeble—, entonces vale señalar el impacto de un veterano admirable: Luis Alberto González González.


¿Luis Alberto? Así suena diferente, ¿verdad? ¡Sin duda!, porque la mayoría de los seguidores del béisbol en su época lo llamaban “El Queso”. Con su tradicional número “22” en la espalda, Luis Alberto cerró su carrera dentro del selecto Club de 26 lanzadores con al menos 19 temporadas en Series Nacionales.


Debutó en 1987-1988, con Metropolitanos, el mismo año donde fueron novatos otros lanzadores que hicieron historia en sus provincias como el camagüeyano Teófilo Pérez, el granmense Ernesto Guevara Ramos, y el holguinero Osvaldo Fernández Rodríguez. Sin embargo, ninguno de ellos fue más duradero que “El Queso”, quien se convirtió en el pitcher más longevo de aquella clase de 1988. Pero, además de eso, lo más interesante fue al nivel de dominio y consistencia que terminó su carrera, cuando cualquier probabilidad indicaba lo contrario: Luego de 11 años consecutivos con Industriales, donde esculpió marca de 68-37 en Series Nacionales, fue enviado de nuevo al staff de Metropolitanos.


Para entonces, en el invierno de 2003 de cara a la 43 Serie Nacional, “El Queso” tenía 34 años. Hacía apenas seis meses, había celebrado su segundo título con Industriales, a pesar de que se fue con discreta marca de (1-1) y lanzó para 5.32 de efectividad en aquella 42 Serie Nacional. En las 15 temporadas donde al menos lanzó 40 innings, ese había sido el peor promedio rubricado por “El Queso”, quien llegó a encabezar la rotación de Industriales. De hecho, en 16 series entre 1988 y 2003, Luis Alberto marcó 10 veces efectividades inferiores a las 4.00, incluyendo 1.97 en 132 ⅔ innings, cuando se fue con balance de 11-4 en la 37 Serie —el último año en que se utilizó el bate de aluminio—.


Durante sus 12 campañas antes del regreso del bate de madera en 1999, a Luis Alberto le batearon una sola ocasión por encima de .300 (.324), y fue a los 21 años con Metropolitanos en 1990. Aún era inexperto, y la maestría que ganó con el tiempo para colocar su bola rápida sobre lo bajo todavía era un proceso en desarrollo. Pero, con el tiempo, “El Queso”, aunque nunca fue un pitcher superestrella o con un físico que asombrara, se destacó lo suficiente como para brillar en la élite de las Series Nacionales.


Precisamente en 1996, su marca invicta de 5-0 (3.42 ERA) lideró la liga en promedio de victorias, antes de ser campeón con Industriales y lanzar para 2-0 durante cuatro aperturas en la postemporada. Aquella era su cuarta temporada con los Azules, pero la segunda donde realmente recibió la responsabilidad de abrir juegos. Y, tras ser campeón e irse con actuación perfecta de 7-0, “El Queso” comenzó el salto de calidad más recordado de su carrera.


Dicho ascenso fue a tal nivel que, entre 1996 y 1999, Luis Alberto se convirtió en el principal pitcher de Industriales. En ese lustro, registró marca imbatible de 46-17, ganando el 73% de sus 63 decisiones en temporada regular. A base de buen control y su acostumbrada mezcla de slider, curva, cambio de velocidad y el constante ataque sobre la zona baja, “El Queso” consiguió éxito sin igual entre los pitchers capitalinos durante esos años. Lanzó para 2.62 de efectividad, 1.25 WHIP y dejó a la oposición que lo desafiaba una y otra vez con el bate de aluminio hasta 1999, en pobre línea ofensiva de .246/.317/.337/.654 (BA/OBP/SLG/OPS).


¿Los únicos pitchers en toda Cuba que obtuvieron mejor promedio de victorias que Luis Alberto González entre 1996 y 1999?:


*Lanzadores con un mínimo de 240 entradas lanzadas en ese lapso.

  • José Ariel Contreras, .806 (50-17)

  • Jorge Luis Machado, .737 (42-15)

  • José Ibar, .732 (60-22)

  • Luis Alberto González, .730 (46-17)

Vale señalar, que en esos años tres de sus cuatro temporadas con al menos 10 victorias fueron vitales, incluyendo las 12 en 1998, el mayor registro de su carrera, cuando marcó 130 strikeouts.


Una virtud que siempre demostró “El Queso”, fue su aplomo y coraje para lanzar strikes retando a los bateadores, pero su gran habilidad era la inteligencia sobre el montículo. Dibujar pitcheos, engañar. Permitir contacto débil de los bateadores, avanzar en el juego y poder controlar las situaciones de presión más apremiantes. Y así viajó en el tiempo con éxito, al punto de cerrar sus 12 temporadas con marca de 52-31, 3.32 ERA y apenas .250 de promedio permitido en la era del bate de aluminio.