El inconfundible sonido y el silencio: Armando Capiró y un regreso que nunca llegó
- BaseballdeCuba

- 14 nov 2025
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Primero, se escuchaba aquella inconfundible voz del locutor local en el estadio Latinoamericano: “Número nueveee, Armando Capiró, jardinero izquierdoooo”, mientras el ídolo de incontables fanáticos se acercaba a la caja de bateo.
Su presencia invocaba a los Dioses del Béisbol: El bate a todo lo largo, en su mano izquierda extendida como señal de que estaba listo para el más desafiante reto. Y, luego, como en muchas ocasiones, ese sonido que se repite en la memoria del béisbol cubano, un sonido que los que lo escucharon juran que era diferente. Único. Era el sonido del bate de Armando Capiró deshilando la pelota con su letal giro de muñecas.
Cada conexión era más que un crujido o un golpe seco. Era algo más profundo, una explosión resonante anunciando que algo glorioso e inevitable estaba a punto de suceder. Era el sonido de un jonrón en la era del bate de madera y la pelota muerta, un milagro que solo unos pocos podían realizar.
Armando Capiró Laferté murió en La Habana este jueves 13 de noviembre de 2025. Tenía 77 años. Y su muerte, como su vida, está tallada en la dualidad del sonido y el silencio, de la gloria y el olvido, del regreso soñado y la despedida negada.
Para entender a Capiró, no basta con mirar sus estadísticas, aunque algunas sean tan monumentales si comparamos el promedio de la liga para una época reinada por los más grandes colosos del pitcheo en la historia de las Series Nacionales. En 1973, con el equipo Habana, conectó 22 jonrones. En el béisbol moderno, esa cifra puede parecer modesta. Pero en su contexto, en una temporada de apenas 78 juegos, es quizás la hazaña de bateo individual más impresionante en la historia de las Series Nacionales.
Aquel año, la liga en promedio bateaba un jonrón por cada 0.9% de sus turnos al bate. Capiró lo hizo en un astronómico 6.5%. Si ajustamos su dominio al estándar de la liga, su tasa de jonrones ajustada (HR/AB+) se eleva a 910.8. Es un número que no tiene rival. Eso significa lo más cercano a una proyección entre 60 y 70 jonrones para 162 juegos en una temporada de MLB.
La liga promedió solo .292 slugging y .068 ISO en 1973. ¿Capiró? Es probable que no vayas a creerlo: ¡UN ABRUMADOR .624 slugging .291 ISO! También pegó más jonrones que siete equipos:
*Uno menos que Camagüey (23)
Matanzas, 19
Oriente, 18
Pinar del Río, 17
Granjeros, 16
Vegueros, 14
Henequeneros, 13
Las Villas, 11
Todos esos equipos se combinaron para 18,126 veces al bate. Capiró necesitó solo 282. El Habana lideró la liga ese año con 39 jonrones, los 22 de Capiró, y 17 del resto del equipo en 2,358 veces al bate. Es como si un hombre, solo, hubiera decidido desafiar la misma física del juego.

Capiró fue el primer bateador en llegar a 100 cuadrangulares en Series Nacionales y lo hizo con un estilo único. Su marca de 22 se mantuvo como un muro insuperable durante doce largas temporadas, hasta que Lázaro Junco la superó golpeando 24 con bate de aluminio. Ese mismo período de doce años es el que, hasta hoy, comparte con Alfredo Despaigne y su récord de 36. Pero la historia del legendario número “9” de La Habana, Industriales, Occidentales y Metropolitanos no es solo la de los récords que alcanzó, sino la de los años que le fueron arrebatados, y el sonido de su bate que fue silenciado antes de tiempo.
Porque la carrera de Armando Capiró es un guion de tragedia clásica. El ídolo, adorado por multitudes en los estadios de toda Cuba, que cae en desgracia no por una decadencia natural, sino por el filo cortante de la injusticia. Todo comenzó a desmoronarse a finales de los 70. Una lesión en la rodilla derecha lo persiguió hasta la mesa de operaciones. Y luego, un divorcio amargo que se convirtió en una trampa. Su exesposa envió una carta al periódico Granma, llena de acusaciones que él siempre negó: que quería abandonar el país, cuestionamientos sobre su sexualidad.
En ese momento no ocurrió nada, pero las palabras habían quedado grabadas en personas que después las usaron contra Capiró. El momento crucial llegó con su rodilla. El dolor después de los Juegos Panamericanos de San Juan era insoportable. Un dirigente lo amenazó: si se operaba de nuevo, sería suspendido.
Del otro lado, el Dr. Martínez Páez le advirtió que su carrera terminaría para siempre si no lo hacía. Capiró, como cualquier atleta que ama lo que hace, eligió escuchar al médico. Eligió la esperanza.
Fue la elección equivocada para su carrera, aunque la correcta para su cuerpo. El comisionado Andrés “Papo” Liaño lo llamó para comunicarle una suspensión indefinida. Sin papeles. Sin explicaciones claras. Capiró nunca supo si esa sanción solo era aplicada en La Habana o el resto del país. Lo que siguió fue un infierno. La campaña de desprestigio se avivó, usando las viejas cartas como combustible. Fue expulsado de un torneo de softbol.
El hecho de no poder hacer lo que amaba, jugar béisbol, fue un golpe devastador. Ahí es donde la historia de la gloria de Capiró se convierte en la historia del regreso que le robaron.
No uno, sino dos.
Logró rehacer su vida. Encontró el amor en una nueva esposa, tuvo una familia, trabajó con lealtad en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, donde el Comandante Bernabé Ordaz fue su único y firme apoyo. Pero la espina de la pelota seguía clavada. A finales de los 80, una luz se encendió. Le llegó una invitación para jugar un torneo de veteranos en Nicaragua. Allí, Armando Capiró, el hombre suspendido, volvió a ponerse los spikes y a empuñar su bate. Y en un momento de pura poesía beisbolera, la vida le dio la posibilidad de enfrentar a Dennis Martínez, una estrella de las Grandes Ligas.
Martínez desafió al team cubano, pero Capiró pudo negociar un boleto. No era un jonrón, mas sí una victoria. Era la prueba de que todavía estaba allí.
Al año siguiente, 1988, le permitieron jugar en los Campeonatos Provinciales con su equipo del Hospital Psiquiátrico. Y el viejo sonido regresó. Años de inactividad y, sin embargo, el poder seguía allí. Conectó más de 10 jonrones. Capiró se esforzó al máximo, con un solo objetivo: quería regresar a las Series Nacionales. Pensó que si rendía bien podía volver a integrar, aunque fuera, el equipo Metropolitanos. Muchos de los que lo vieron —incluso jugadores rivales— cuentan que parecía posible. Que llegaba el esperado momento de la redención.
Sin embargo, los dirigentes del béisbol en la capital tenían otro plan. Le comunicaron que no sería tomado en cuenta. ¿El argumento? “Había que darle paso a los más jóvenes”. La justificación universal y cruel para truncar el sueño de una leyenda. Y entonces, en lugar del regreso glorioso al estadio Latinoamericano, le organizaron una supuesta ceremonia de retiro en el terreno del Hospital. Y allí murió lo que, quizás, pudo haber sido la última gran ilusión de Capiró, enfrentando una ceremonia que significaba que todo había terminado para siempre.
Así privaron de un regreso glorioso al inigualable al “Supremo” Armando Capiró, el icónico número “9” del béisbol cubano.
Hoy, cuando recordamos sus hazañas, vemos la sombra de lo que pudo ser. Capiró no bajó el ritmo a los 30 años. Bateó .614 en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1978, estableciendo un récord en los Juegos Centroamericanos y del Caribe con 27 hits. En su última temporada completa, la 18va Serie Nacional de 1979 con Industriales, a los 31 años, bateó .321 con 17 jonrones y un OPS de 1.032. No era un hombre en declive, pero fue apagado a la fuerza.
Armando Capiró fue el primer gran slugger de Cuba. Su legado no es solo el de los 22 cuadrangulares que resonaron en los estadios de los años 70, sino también el del silencio que le impusieron después. El susurro de “¿qué hubiera pasado?” siempre persistirá. Su trayectoria deportiva es un recordatorio de que, en el béisbol como en la vida, no todo siempre es justo. Que a veces, el sonido más potente es el del adiós que nunca se pudo decir.

















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