• Yirsandy Rodríguez

Lo mejor del Siglo XXI: La impactante carrera de Osmany Urrutia — (1999-2009)

Actualizado: 21 dic 2021




Como nunca es tarde si de historias, recuerdos y análisis del béisbol y sus protagonistas se trata, descubre a través de esta columna de “Lo Mejor del Siglo XXI” qué jugadores merecieron los mayores honores por sus actuaciones madero en mano, y quiénes fueron los lanzadores más consistentes del juego. ¡No habrá límites en nuestra cobertura! ¡Espera cada entrega! Simplemente, ¡playball!

 

Desde el mismo inicio en que regresó la implementación del bate de madera en el playoff Semifinal de la 38 Serie Nacional, temporada de 1998-1999, la preocupación sobre una estrepitosa caída del llamado ‘poderío ofensivo’ rodeó como una nube negra al béisbol cubano.


Para entonces, luego de 22 Series Nacionales y, al mismo tiempo, 21 Series Selectivas (1975-1995) y dos Copas Revolución (1996-97') donde se usó ininterrumpidamente el bate de aluminio, el primer impacto de los bateadores con los nuevos maderos en sus manos fue bien preocupante, bajo la presión de aquella postemporada. De haberse promediado una línea de .287/.358/.391 en la temporada regular de la 39 Serie, el rendimiento general bajó de manera sorprendente hasta .211/.286/.269.


Eso fue en los resultados periféricos, pero en cuanto al poder, la frecuencia de jonrones subió de 76.5 a 113.1 cada aparición al rectángulo de bateo. La regresión fue tan apreciable, que solo basta con comparar los OPS de .749 y .555, este último durante los playoffs semifinal y final. O sea que, a nivel general, el golpe psicológico de estar acostumbrados a batear con el bate de aluminio fue difícil de manejar al menos en esos inicios utilizando la madera.


Al final, todos los equipos terminaron con average por debajo de .232, con Industriales como líder (.231) en 14 partidos, dejando atrás en average ofensivo a Santiago de Cuba (.210), Isla de la Juventud (.197) y Guantánamo (.181). En todo el playoff, los Piratas de la Isla fueron los únicos que no pudieron conseguir jonrones, y cerraron con apenas 1.5 carreras por juego.


Bajo esa incertidumbre colectiva, a pesar de que hubo desafíos dominados por los jonrones —cuando la “Aplanadora” santiaguera remató a los Azules para ganar el título—, comenzaba una nueva “era” totalmente desconocida para casi todos los jugadores. Sin embargo, el principal atractivo que teníamos por delante era ver qué bateador podía dominar a los lanzadores de la liga. ¿La mayoría de los que deshilaban la pelota empalmando el aluminio lo harían con la madera? ¿Se vería realmente qué jugadores tenían talento?


Esa y otras preguntas demoraron un poco en ser respondidas, pero con la muestra de aquellos primeros cinco años ya podíamos sacar conclusiones al respecto, sobre todo porque hubo un protagonista que se fue por encima del nivel: El jardinero de los Leñadores de Las Tunas, Osmany Urrutia.


A inicios de este Siglo XXI, la irrupción de Urrutia marcó una huella imborrable en la historia del béisbol cubano, dando un salto de nivel que le abrió espacio entre los bateadores más consistentes y respetados en Series Nacionales. Pero, cuando miro atrás, ¿sabes qué recuerdo guardo de manera intachable en mi memoria? ¿Cómo me impactó realmente el clásico número “46” de los Leñadores tuneros? Tal vez a usted también le sucedió: Urrutia fue sorprendente.


Y creo que no sólo superó mis expectativas, ¡también destrozó lo que indicaban las proyecciones más lógicas que podíamos esperar sobre su progreso en el plato!


Antes de ganar la primera de sus seis coronas de bateo —cuatro de ellas sobre los .400 en una liga cubana donde aún abundaban varios brazos azotadores—, y convertirse en el primer bateador tunero con múltiples títulos de bateo, Urrutia era un fornido jardinero de 28 años del cual se esperaba mayor explosión de poder. De hecho, un año antes en aquella 39 Serie, donde los bateadores sufrieron por el pobre bote de la pelota “Batos”, Osmany registró apenas un jonrón en 288 PAs. Su slugging, que había mostrado un pico de .416 en 1999, bajó a .401 en el 2000.


Entre sus otras habilidades, Urrutia contaba con buena potencia en el brazo y una agresividad ofensiva que justificó a base de buenos promedios, pero portando el aluminio sus métricas nunca revelaron que podría ascender como un bateador de .400 al nivel de la Serie Nacional de 90 juegos tras el regreso del bate de madera. De igual manera, su velocidad nunca fue de las mayores virtudes que exhibió dentro del campo, aunque no era de los peores corredores del juego.


Por esas razones, en abril del 2000, cuando Urrutia cerraba su temporada de .327/.392/.401, con apenas un jonrón y 27 remolcadas, nunca pensé que estábamos en presencia de quien se convertiría en la próxima máquina de bateo a inicios del Siglo XXI. Precisamente en aquel juego final de la 39 Serie entre Las Tunas y Ciego de Ávila, cuando Ermidelio Urrutia (primo de Osmany) jugaba el último partido de su carrera, el shortstop avileño Yorelvis Charles ganó el título de bateo con .353 de promedio.


El 12 de abril de 2001, exactamente un año después del liderazgo de Charles, Urrutia se inscribió en los anales de la historia del béisbol cubano, luego de pegarle de 2-1 al pitcheo avileño, para cerrar con promedio de .431 (290-125) y convertirse en el primer bateador en romper la barrera de los .400 con bate de madera. De ahí en adelante, el promedio más bajo en Series Nacionales del ídolo de “Macagua ocho” fue .312, el OBP .398 y su slugging de .474 en la 48 Serie, su 16ta y última temporada.


Sin embargo, al analizar el impacto de Osmany Urrutia Ramírez, el quinquenio entre 1999 y 2004, cuando regresó la utilización del bate de madera, sigue siendo mi favorito dentro de su inigualable consistencia en el arte para conseguir éxito sobre el plato. Y no me refiero únicamente a lo que hizo, sino cómo lo hizo, sin depender de la velocidad de sus piernas, a pura habilidad de contacto: Ganó los antes mencionados seis títulos de bateo, cinco de ellos consecutivos entre 2001 y 2005 (.431, .408, .431, .469 y .385), ¡cuatro de ellos sobre los .400!


Esa última temporada de los cuatro liderazgos consecutivos, Urrutia la cerró promediando .303 entre el 11 de febrero y el 10 de marzo de 2005, un “slump”—¡si así podría llamarse!— que provocó su caída de .414 a .385.


De cualquier manera, aunque no haya logrado la hazaña de extender sus cinco cetros de bateo consecutivos registrando promedios por encima de .400s, Urrutia marcó época en el béisbol cubano con un swing de alcance brutal cuando sus manos se balanceaban sobre el home.


¡El talento natural era impresionante!



Sí, en no pocas ocasiones usamos ese calificativo, pero esta vez no podría haber sido mejor empleado. Lo vi sacudir todo tipo de pitcheos, combinando agresividad con paciencia en el momento adecuado. Podía golpear en cualquier punto de la zona de strike, aunque su fuerte eran las pelotas bajas. Daba igual si el slider rotaba bien hacia afuera o la curveball hiciera una gran parábola o la bola rápida fuese bien adentro: Contra el swing de Urrutia, la efectividad de los lanzadores estaba en el comando, y ser cuidadoso durante cada conteo.


A lo largo de la década de 2000, Urrutia viaj